10.29.2006

Siete de la mañana


Lo jodido de tener
sueño,
es que siempre
se te ocurren
cosas que hacer.

10.18.2006

Señor Jack. Hijo de puta.

Aquel tipo andaba solo, cansado y enfadado por la calle. Era de noche, muy tarde y hacía frío. Andaba por un callejón oscuro, rompiendo el silencio con el pisar de sus zapatos. Sus impecables y brillantes zapatos negros.
Se dirigía a un bar. Allí tenía que buscar a un tipo. Era su trabajo. Para muchos era un trabajo peligroso, pero para él no. Disfrutaba con su trabajo. Era el mejor.
Vestía una camisa blanca, unos pantalones negros carísimos y la corbata le bailaba con el viento. Tenía la piel pálida, tan blanca como su camisa, un pelo escaso, despeinado y negro, una nariz pequeña y unos ojos rojos rodeados de unas ojeras imborrables. A simple vista parecía una fotocopia. Blanco y negro, blanco y negro, blanco y negro.

Intentó recordar dónde había dejado el coche por si acaso tenía que salir corriendo de allí. Se aseguró de llevar las armas, se colocó bien la corbata y recordó el nombre del tipo al que tenía que encontrar, hacerle pagar lo que debía y si no lo hacía, matarle. Charles. Charles no sé qué.
Salió del callejón y se encontró de frente con el bar y su luminoso cartel sobre la entrada. Era el Bar de Lou y dentro debía estar Charles no sé qué. Su trabajo.

Entró empujando la gruesa puerta de madera y se plantó en la entrada. Miró a su alrededor, se quedó unos segundos en silencio, observó las mesas y la barra y contó a los tipos que habían por allí sentados. Por lo menos ocho. Buscó algún sitio donde sentarse. Se acercó hasta una mesa en la esquina del fondo, se sentó y esperó.
Sacó su paquete de cigarrillos de vainilla, “To´Go Vanilla”. Se encendió uno y fumó en silencio. El bar era todo de madera: sillas, mesas, suelo, barra y puertas. Todas las paredes estaban decoradas con cuadros en relieve, marcas de cerveza luminosas, alguna que otra foto en blanco y negro y trofeos llenos de polvo por las esquinas. Algunos tipos estaban sentados en la barra. Encorvados, pensativos, mirando un punto fijo y toqueteando su vaso de whisky repleto de pequeños cubitos. Otros estaban en las mesas haciendo prácticamente lo mismo, siempre dejando entre unos y otros una mesa de separación.

Mientras fumaba, se acercó el camarero a su mesa. Era un chico joven que aprendía más cosas cada noche en el bar que en clase.
- ¿Qué le pongo, caballero? –le preguntó muy seriamente.
- Un vaso de leche templada.
- ¿Un vaso de leche templada?
- Sí, un puto vaso de leche templada.
Estaba arto de tener la misma conversación con todos los camareros de la ciudad. El chico se metió de nuevo en la barra. Él, mientras tanto, fumó y esperó. Miró a todos y cada uno de los tipos que bebían en el bar. Intentó adivinar quién era Charles no sé qué, pero no pudo, pues todos eran iguales: viejos borrachos. Fumó su última calada y aplastó el cigarro contra el cenicero y entonces se acercó el camarero.
- Aquí tiene –dijo dejando el vaso de leche templada sobre la mesa.
- Gracias.
El chico se dio la vuelta hacia la barra, pero de pronto el tipo habló:
- Perdona chico –el camarero se detuvo y escuchó.- ¿Conoces a un tal Charles no sé qué? Creo que suele venir por aquí.
- Charles… Sí, creo que sí. Es aquel hombre de la mesa del fondo, junto a la ventana.
Le miró. Otro viejo borracho más.
- Quiero que me hagas un favor –le dijo al chico,- quiero que le pongas otra copa de lo que esté bebiendo y dile que le invito yo.
- Muy bien, ahora mismo.
- Gracias, chico.

Bebió un sorbo del vaso de leche templada. Estaba perfecta: templada. Sacó el paquete de cigarrillos y encendió uno. Nada mejor que un cigarrillo de vainilla para acompañar a un vaso de leche templada, pensó. Mientras fumaba vio como el camarero se acercó a Charles y le dejó una copa en la mesa después de decirle algo. Charles miró hacia su mesa y desde allí el tipo dio una calada.

Estuvo bebiendo y fumando durante un par de minutos y de pronto, al alzar la vista, vio que Charles se acercaba a su mesa. Tenía la misma pinta que un vagabundo. Los vaqueros desgastados y rotos, eran una talla mayor. Llevaba una camisa a cuadros sucia, sucia de algo que no podía reconocer. Tenía unas arrugas profundas, una asquerosa barba de tres días, una boca gigante, una barriga cervecera, un pelo canoso y unos ojos cansados. Entonces, se paró ante su mesa, le miró y habló:
- Muchas gracias por el whisky.
- No hay de qué…
- Me llamo Charles. Charles…
De pronto, un ruido de cristales rotos llegó desde la barra. Al perecer, al camarero se le había caído una botella. Era un chico torpe. Al tipo le molestó no haber oído el apellido de Charles. Se quedaron en silencio y Charles no sé qué habló:
- ¿Y usted es…?
- Me llaman Señor Jack.
- Encantado Jack.
- No. Señor Jack.
- ¿Perdona?
- Es Señor Jack. No Jack.
- Oh, sí, claro, claro… Señor Jack. ¿Puedo sentarme?
- Claro, Charles.
Se sentó frente a él y miró extrañado el vaso de leche templada.
- ¿Eso es leche?
- Sí. Leche templada.
- ¿No bebes whisky?
- No, Charles.
- ¿Cerveza, vino, ron?
- No, Charles.
El Señor Jack buscó al camarero con la mirada, le hizo un gesto para que se acercase y apagó el cigarrillo en el cenicero. El chico llegó.
- ¿Si? – dijo.
- Tráele otra copa al caballero – le dijo el Señor Jack.
- Ahora mismo.
- Gracias Jack –dijo Charles agradecido.
- Señor Jack.
- Sí, claro.
En seguida llegó el camarero con un whisky, lo dejó en la mesa sin decir nada y desapareció. Charles rompió el silencio:
- Verás. No quiero parecer grosero, pero nadie invita a nadie si querer algo a cambio. Yo te lo agradezco, no tengo pasta ni para beber, pero debes saber que yo no soy de esos… no te daré nada a cambio. ¿Vale?
- Tranquilo, Charles. No quiero nada a cambio.
- Entonces ¿Por qué me invitas a whisky?
- Lo hice para que te acercases hasta aquí.
- ¿Y para qué querías que me acercase?
- Para decirte algo.
- ¿Decirme qué?
El Señor Jack dio un último trago al vaso de leche templada y dijo:
- Debes dinero Charles. El Señor Marti me envía para recuperarlo.
- ¿Marti? –Dijo en voz alta Charles- le dije a ese gordo de mierda que ya le devolvería su apestoso dinero.
- Debes dármelo aquí y ahora. Debes 481 dólares.
- ¿Y tú quién coño eres, un matón? ¿Me vas a obligar a pagarle? ¿Tú?
- Quién yo sea no importa. Y sí, te obligaré a pagarle.
Charles no sé qué dio un trago de su whisky y se quedó mirando a la nada, pensado. El Señor Jack le miró fijamente, en silencio. Entonces Charles habló:
- Mira, iba a devolvérselo, pero las cosas me han salido mal.
- Eso a mí no me importa, Charles.
Charles miró al Señor Jack con ira y empezó a gritar:
- ¡Dile a ese gordo hijo de puta que le pagaré cuando tenga el dinero!
- Charles… -susurró el Señor Jack.
- ¡Qué se joda! ¡Si no sabe esperar que se joda!
-Charl…
Entonces Charles no sé qué se levantó bruscamente tirando la silla hacia atrás, dio un largo trago a su whisky y se fue hacia la puerta.
- Gracias por las copas, Jack.
Y desapareció. Todo el mundo vio la escena y ahora miraban al Señor Jack.
- Es… Señor Jack, -susurró.

Charles no sé qué llegó hasta su Wolks gris. Estaba confuso e irritado. No tenía dinero. No tenía trabajo y necesitaba beber. Abrió la puerta y se metió dentro. Buscó su vieja petaca de whisky en la guantera, pero no la encontró.
- Joder, ¿Dónde coño está ahora la petaca? –dijo.
Buscó dentro del coche. Miró bajo los asientos, por la parte de atrás y volvió a mirar en la guantera. Y no encontró nada. Se acomodó en el asiento, cerró los ojos y suspiró. Mierda, pensó. Entonces abrió los ojos y justo delante del coche, de pie y en silencio, estaba el Señor Jack con su petaca en la mano.
- ¿Buscabas esto, Charles?
- ¡Maldita sea! ¿Pero quién coño eres tú? –gritó desde dentro del coche.
- Sal del coche, Charles.
- ¿Y si no quiero gilipollas de mierda? Devuélveme mi…
La voz de Charles no sé qué se ahogó en la nada al ver al Señor Jack apuntándole con un arma. De pronto, casi sin darse cuenta, como por arte de magia, apuntándole con un arma.
- Sal del coche, Charles.
Charles obedeció. El Señor Jack se acercó hasta él con el arma en alto. Blanco y negro, blanco y negro, blanco y negro. Cerró la puerta del coche de una patada y le dijo:
- Debes 481 dólares. Debes pagar aquí y ahora.
- Joder… ¿Vas a matarme?
- Seguramente sí, Charles.
Charles miró al Señor Jack y no vio en él ni dudas ni miedo. Entonces comprendió que moriría allí y ahora. Moriría con su peor camisa, sin haberse dado una última ducha y sin haber bebido una última copa. Mierda, pensó.
- Mira, puedo conseguir el dinero, de verdad, joder, puedo conseguirlo.
- No me importa, Charles.
- ¡Mierda! Joder, pagaré. Solo necesito un poco de suerte en el hipódromo.
- Allí perdiste todo tu dinero. Y tu suerte se ha acabado ya.
Apretó el gatillo. Sin dudarlo y con ganas de acabar con todo, apretó el gatillo. Clic. Clic. Clic.
- Joder –dijo el Señor Jack.
Clic. Clic. Clic. La bala no salió. Ninguna bala mató a nadie. No se oyó ningún disparó ni ningún casquillo caer.
Charles sonrió y el Señor Jack miró el arma con desprecio.
- Hijo de puta, ibas a matarme –dijo Charles con los ojos como platos.
- ¡Putas armas de fuego! –Gritó el Señor Jack.- ¡Joder!
Dio unos golpes con la mano a la pistola y probó. Clic. Clic. Clic.
- Estoy tranquilo… -dijo el Señor Jack.
- ¿Qué?
- ¡Nada!
Tiró el arma a un lado. Cayó contra unos contenedores haciendo un estruendo ruido y miró fijamente a Charles no sé qué. Por un momento, Charles se estremeció. Nunca había visto unos ojos así. Entonces, casi sin darse cuenta, recibió un puñetazo y calló sobre el coche. Levantó la cabeza y de pronto, en un segundo, como por arte de magia, el Señor Jack estaba sobre él con un cutter en la mano.
- Joder tío ¿eso es un cutter? –le dijo.
El cutter, con su cuchilla amenazante, brillaba y silbaba en la mano del Señor Jack. Charles tembló un momento y dijo:
- Vaya mierda. No quiero que me maten con un puto cutter.
- Cállate ya.
- Lo de la pistola no estaba mal. Pero un cutter de mierda es muy cutre.
- ¡Que te calles ya!
El Señor Jack lanzó su mano con el cutter contra la cara de Charles no sé qué, pero de pronto Charles la esquivó y el cutter chocó contra el cristal del coche, rompiendo toda la cuchilla.
- ¡Hijo de puta! –gritó el Señor Jack.
- ¡Serás cabrón! ¡Ibas a rajarme!
- Mierda… -dijo el Señor Jack apartándose de Charles.
Charles no sé qué se colocó bien su sucia camisa. El Señor Jack miró el cutter sin punta y lo guardó.
- Parece que hoy es mi día de suerte –dijo Charles.
- Eso parece.
Charles no sé qué buscó su petaca de whisky por el suelo. La encontró, la destapó y echó un trago bien largo. El Señor Jack le miró y le dijo:
- Vete.
- ¿Qué?
- Que te vayas, joder.
- ¿Por qué?
- Hazlo antes de que me arrepienta.
- Vale…
Charles no sé qué se metió en su coche, arrancó y bajó la ventanilla.
- Dile a Marti que le pagaré. No sé como, pero le pagaré.
- Que no me importa, Charles.
Entonces el coche comenzó a avanzar y desde dentro Charles no sé qué le gritó:
- ¡Gracias Jack! –y desapareció.
- Hijo de puta –susurró.

10.11.2006

Papeles perdidos, noches de antaño y recuerdos quemados...

[ He encontrado unas páginas ya olvidadas. Las escribió un chico normal. Ya sabéis, un chico simpático, de lo más normal, con amigos, una novia preciosa, muchos años por delante y muchas ganas de vivir. Pero que al parecer una noche no tenía nada de aquello, y se sorprendió a si mismo solo, sin amigos ni novia, borracho y escribiendo esto bajo la luz de la lamparilla. Fue una mala época... el no tiene la culpa; es el mundo, que no le entiende. ]


Es sorprendente ver como aún disfrutas con aquello que olvidaste.

En el Mercadona siempre es lo mismo. Es curioso, pero cuando entras al supermercado y decides, en cuestión de segundos, lo que vas a necesitar para el resto de la noche te das cuenta de que aún puedes tener ciertas cosas claras.
Entré en el Mercadona después de despedirme de un colega con el que llevaba toda la tarde. Habíamos bebido y fumado y, puede decirse, que me encontraba del todo bien. Así que de camino a mi casa entré en el Mercadona y sin vacilar ni un segundo me introduje entre los pasillos y las secciones y cogí exactamente lo que necesitaba.
Cerveza, empanadillas y pizza.

El mercadona es el reino de los personajes. Es su universo. Allí se reúnen, e ignorándose unos a otros, realizan sus compras. Puedes encontrarte de todo en la hora punta del Mercadona. Hay solterones vividores, viejas, inmigrantes y parejas; hay amas de casa colocadas de laca hasta el culo y jóvenes sin rumbo y con algunos euros en la cartera. Hay dependientes calvos, dependientas gordas y mal peinadas, tías buenas, viejas con chepa y aburridas y gente que está allí porque es lo único que se les ha ocurrido hacer esa tarde. El Mercadona es todo un mundo.

Entré comprobando el dinero que tenía y en seguida, y después de darme cuenta de que esta noche sería como las de antaño, me decidí a comprar lo indispensable y necesario.
Cerveza, empanadillas y pizza.
En la cola puedes hacerte una idea de cómo es la gente por lo que compra. Dicen que somos lo que comemos, que somos con quién vamos e que incluso somos la mierda con la que nos drogamos. Pero siempre conocerás más a alguien si ves lo que compra justo un viernes a última hora. Así que, siguiendo ésta regla, yo soy ni más ni menos que cerveza, empanadillas y pizza. Y no voy a engañarme… es cierto.

Me imaginaba a la perfección como sería esa noche. Hacía ya tiempo que no vivía una de esas, pero esa sería inevitablemente así. Solitaria. ¿He dicho solitaria? Creo que sí, pero por muy mal que suene es cierto. ¿Qué puedo hacerle?
Supongo que había estado toda la tarde esperando alguna llamada, no sé, alguna señal de vida por parte de aquellos que me importan, pero ya ves, esperar es de ilusos, y yo, bañado en mi ignorancia, esperaba esa llamada o ese mensaje diciendo alguna mierda así como: “eh, qué pasa, ¿qué harás esta noche?… lo decía porque…” . Pero no.

Y ahí estaba yo, realista, aburrido y esperando a que la cajera me atendiese para poder salir corriendo y abrir las empanadillas, tomarme una o dos y andar hacia casa afrontando la inevitable y clásica noche del viernes.

Entonces llegué a casa, solitaria y en silencio como siempre y me hice a la idea de que todo sería como me temía. Esperé un rato. Me aburrí, escuché música, envié un par de mensajes anunciando mi inminente fiesta de cumpleaños del próximo finde y me senté esperando a que pasase algo.
Pero no pasó nada.

Llegaron un par de mensajes. Me dijeron que sí, que claro, qué que coño, que fiesta, pero que esta noche nada de nada. Y así otro, que esta noche nada de nada. Fue como un mensaje en el cielo, como una gran valla de publicidad anunciando algo así como: “esta noche te vas a comer lo mocos” y justo debajo, en letra pequeña, pondría eso de: “tío, espera a que se enfríe la cerveza y espera a pudrirte de asco solo y en silencio en tu inhabitada y triste casa”.

Cerveza, empanadillas y pizza.

La pizza ni siquiera la abrí. Se me quitó el apetito. Me comí las empanadillas y sin dudarlo más abrí un birra algo caliente.
Estaba tan jodido… bueno, jodido no, simplemente nostálgico. No sé, me sentía como antaño. Como esos viernes ya lejanos en los que bebía y tarareaba canciones de los Doors tan borracho y solo en casa que hasta resultaba cómico.

Pasé de esa mierda de apalancarme y beber sin sentido mirando un punto fijo intentado retener una idea que, entre tú y yo, nunca ha servido de nada. Así que sin más dilación me tiré sobre la cama, coloqué el monitor mirándome fijamente y me dispuse a ver esa pequeña obra de arte que llena de ilusiones y frustraciones en cuestión de dos horillas. American Beauty.
No es que sea lo más cojonudo del mundo, pero ya que la encontré por casualidad y dada la falta de fe en mí mismo, era exactamente lo que necesitaba.


No sé, no recuerdo muy bien lo que pasó después. Bueno, sí, vi la peli más borracho que una cuba. Pero no me refería a eso. Me refería a que no sé qué pasó exactamente conmigo después. Me sentía bien, de eso estoy seguro. Joder, reía y lloraba con cada escena de esa gran película, pero exactamente, conmigo, no sé qué pasó. Supongo que estaría bien, o sea, estaba a gusto y eso siempre significa no pensar en nada y concentrarme en mí mismo. Pero bueno, tampoco puedo engañarme; pensaba en este viernes de mierda rodeado de latas de cerveza, en mi casa silenciosa y vacía y en volver a repetir la misma escena de siempre: solo y sin vida mirando un punto fijo más solo que la una y más triste que el silencio (como dijo el poeta).

Después de unas cuantas latas ya todo te da igual. No sabes si tienes sueño y dudas del hecho de aguantar toda la película sin caer dormido. Pero te equivocas una vez más y aguantas, borracho, sudoroso y solitario, una noche más como las de antaño. ¿Y por qué son noches de antaño si vuelven a repetirse? ¿Qué pasa, que estoy condenado a vivir esta mierda de aguantar el peso de toda una casa sin vida sobre mí, y encima borracho y temiendo que jamás nadie más se acuerde de mí? Que cosas, ¿no? Quizás si hubiese fumado alguna mierda no estaría así. Estaría tirado en el sofá, relajado y gilipollas sin pensar en nada. Pero he bebido y al parecer la cerveza activa el cerebro, y le da mil mierdas sobre las que escribir y llenar tu casa del repiqueteo de las teclas, los tragos sin gusto y los suspiros lejanos y cansados.

10.06.2006

Débil (Segunda parte)

Días después, seguía en el sillón. Mis piernas descasaban sobre la mesa, la cual estaba cubierta de botes de cerveza, ceniceros repletos de colillas, botellas de vino y ron y vasos ya mugrientos. Era de noche y fuera, en la calle, estaba lloviendo. Sobre el salón se posaba una nube de humo, una cantidad considerable de basura se amontonaba al lado de la mesa y yo apestaba. Todo estaba como a Martha no le gustaba.
Cambié de canal, bebí mi último trago de cerveza y tosí. Llevaba días sin ir a trabajar. Me levanté y fui a la cocina. Llevaba días sin moverme, sin hacer nada. Abrí la nevera y busqué cerveza. Solo quedaba una lata, por lo que tenía que empezar a pensar en comprar. La abrí y bebí. Cerré la nevera y allí estaba su nota. Allí estaba su letra diciendo que me dejaba. Un día te acuestas limpio y con ganas de follar, y al siguiente te levantas solo y sin futuro. La vida nunca es lo que te esperas. De camino al salón me detuve frente al espejo del pasillo. Me miré. En mi mano llevaba la cerveza. Mi pelo estaba despeinado, mugriento y aplastado. Una barba estaba empezando a crecerme y mis hombros caían cansados hacia delante. Mi estómago estaba hinchado como un neumático y mi cara, seria y sin color, daba pena.
Me tiré en el sofá y allí bebí y fumé. Miraba la tele sin ver nada y me sentía cansado sin haberme movido. Suspiré, di un buen trago y eructé. Estaba débil. Era débil. Era un débil pedazo de mierda.

Minutos más tarde estaba cogiendo mi abrigo y algo de dinero. Tenía que salir a la calle a por más cerveza. Por lo menos a por más cerveza. Llamé al ascensor y esperé. Llegó, entré y evité mirarme al espejo. El ascensor comenzó a descender y de pronto se paró a pocos pisos de la salida. Entonces entró una chica. Era la del quinto. Me miró por encima y dijo con voz lenta y suave:
—Hola…
Yo ni siquiera me había peinado. Joder, ni siquiera me había lavado la cara desde hacía días.
—Hola, —dije yo rápidamente.
Ella se pudo delante y yo me quedé atrás en silencio, casi sin moverme y maravillándome por su espléndido culo. Me vi navegando en sus curvas y una sonrisa estúpida se dibujo en mi cara. Llevaba unos vaqueros muy ceñidos y por un momento pensé en abalanzarme sobre ella y hacerlo allí mismo. Pero solo eran gilipolleces. Además, yo había salido a comprar cerveza.
Ding. El ascensor se detuvo, las puertas se abrieron y ella salió en seguida.
—Adiós, —dijo fugazmente.
No me despedí. Me lo tomé con calma. Salí del ascensor, miré en el buzón y lo vi repleto de cartas. Salí a la calle y comencé a andar avenida abajo.

Por mucho que no la aguantase, Martha siempre fue una buena mujer. Al principio, como en todo, era estupendo. Los dos rebosábamos amor y las cosas nos fueron muy bien, pero al final todo se tuerce. Además, era demasiado buena para alguien como yo. Cada día daba gracias al cielo por poder acostarme con una tía así. Pero ya ves, es mentira eso de que los débiles acaban ganando siempre.
En el supermercado siempre era lo mismo. Todo estaba repleto de viejas momias y de amas de casa tristes. Nunca había visto a ninguna tía buena o a algún tío acabado comprando cervezas. En ese caso, siempre solía ser yo el único. Cogí dos lotes de seis y fui directo a la caja. Me coloqué en la cola y esperé. Noté como me miraban de reojo. Se fijaban en mi rostro y en las cervezas, pero a mí me daba igual. Entonces, una mujer y un niño se colocaron detrás de mí. Oí como la mujer le dijo al niño:
—Espera aquí cariño, voy a por detergente.
Se fue y el niño se quedó detrás de mí, quieto y en silencio, con su bolsa de patatas entre las manos. Aún quedaban tres personas, delante de mí, esperando en la cola. Sentí al niño mirarme, me giré, le miré, me miró a la cara y me dijo:
—¿Es que usted no compra comida?
Tenía voz de niña y una carita pequeña llena de pecas.
—No.
—¿Y no tiene hambre?
—No.
Entonces extendió los brazos y me ofreció de sus patatas.
—¿Quiere? —Me dijo.
—No, gracias pequeño, pero no.
Me miró. Tenía unos ojos muy grandes y sin saber como, muy en su interior, pude distinguir experiencia y sensatez.
—Mi madre dice que la cerveza es mala. —Dijo mirando las latas que llevaba en mi mano.
—Tu madre tiene toda la razón.
Vi llegar a su madre por el pasillo del fondo. Me giré y esperé mi turno. Dejé las cervezas en la cinta transportadora y la cajera las cogió. Me cobró, y mientras lo hacía pensé que ella no tenía mejor aspecto que yo. Al fin y al cabo, trabajar y pudrirse de asco en casa viene a ser lo mismo. Metí las latas en una bolsa y oí al niño hablarle a su madre:
—¿Has visto mama? Ese hombre de cara rara ha comprado cerveza.
—No señales, —dijo ella.
—¿A que se va a poner enfermo por beber cerveza?
—Si…
Salí de allí tan rápido como pude. Agarré bien la bolsa de las cervezas, tosí, suspiré y me abroché bien el abrigo. Mi novia me abandona y lo único que se me ocurre es emborracharme. Se dice que es normal, se le suele llamar periodo de crisis. También se dice que los niños nunca mienten.

Chispeaba levemente, hacía frío y la calle estaba desierta. Anduve bajo la lluvia, lento y cabizbajo. Ya no sabía que iba a ser de mí. Sinceramente, me daba igual. Es increíble que una mujer cree tantos problemas. Anduve cansado, con el abrigo y el pelo empapados. Antes de llegar a casa, en el portal de un edificio, vi a un indigente refugiándose de la lluvia. Estaba tirado sobre unos cartones mojados, llevaba un gorro de lana por donde le salían algunos pelos y una frondosa barba le cubría la cara. Era viejo y se notaba que estaba pasando frío, mucho frío. Ante él, al lado de los cartones, había un tarro con algunas monedas. Me paré, saqué algo de calderilla y la dejé caer en el tarro. El viejo levantó lentamente la cabeza y me dijo:
—Gracias…
Le miré a los ojos y me sentí como si me estuviese mirando de nuevo al espejo. A ese hombre no le faltaba dinero. Hasta podría decirse que no le faltaba ni comida ni techo. Abrí la bolsa del supermercado y saqué tres latas de cerveza. Me acerqué hasta él y se las dejé a un lado. Al tipo le cambió la cara. Entre su gran barba pude distinguir una leve sonrisa y entonces me dijo:
—Gracias, muchas gracias, amigo.
No dije nada. Comencé a andar en dirección a casa. A veces, lo que más falta nos hace es lo que más cerca está.

Llegué, abrí la puerta, me quité los zapatos y el abrigo y me tiré en el sofá. Me senté en el centro, ocupando el lado que siempre había sido de Martha. Me senté esperando a que pasase algo. Me senté esperando a hacerme viejo, a que mi calvicie se extendiese y a que mi cara se pudriese. Me senté esperando mientras me rascaba la ingle.
Minutos más tarde me levanté, fui al baño y meé. En los últimos días, toda el agua cristalina del bater se había convertido en un espumoso y apestoso líquido amarillo. No utilicé la cisterna y en el fondo, muy en el fondo de mí, eché de menos la voz de Martha diciéndome que tirase de la cadena. Salí del baño, cogí las cervezas del supermercado y las metí en el frigorífico. Y ahí estaba de nuevo. Ahí estaba otra vez su voz escrita diciéndome que me abandona, diciéndome que no me soporta, diciéndome que se va y que no quiere saber nada más de mí. Estuve unos minutos quieto y en silencio, de pie, en la cocina. No podía pensar en nada. No podía valerme por mí mismo. Ni siquiera podía reconocer que algo me estaba destrozando por dentro.
Sonó el teléfono. Respiré, me sorprendí y fui a cogerlo. Respondí:
—¿Si?
—¿Oye? Soy yo, Víctor.
Víctor era mi compañero de trabajo. Pasábamos todo el día en el almacén. Siempre juntos. Siempre trabajando como esclavos.
—Eh, tío, —dijo.— ¿Qué pasa? Llevas días sin ir a trabajar.
—Ya…
—Eres un cabrón, estoy trabajando el doble por tu culpa. ¿Qué te pasa? Tienes mala voz. ¿Estás enfermo?
—Sí… sí, Víctor, estoy enfermo…
—Bueno, sólo llamaba para decirte que el jefe está que trina. Yo si fuese tú me pasaba por el curro y daba señales de vida.
—Vale, —dije— lo intentaré.
—Venga tío, dale recuerdos a Martha.
—Sí… claro.
Colgué.
Me senté en el sillón, me recosté y bostecé. Ya nada era como antes. Te cambian la vida durante unos días y todo a tú alrededor se convierte en mierda. Ya nada sería como antes. Bostecé de nuevo y miré a mí alrededor y sólo encontré silencio. Mis párpados se volvieron muy pesados y dejé que mis ojos se cerrasen. Dormí.


Días después, aún seguía en el sillón. Una barba ya me cubría la cara, una capa de grasa descansaba sobre mi piel y todo el sofá había cedido, día tras día, a la forma de mi culo. Odiaba a todas y a cada una de las personas que veía en la tele. Bebía sin ganas. Bebía cerveza caliente, ron solo y sin cubitos y me fumaba los cigarrillos a pares. Estaba acabando muy lentamente conmigo mismo. Había descolgado el espejo del pasillo y lo había guardado, pues estaba empezando a darme asco mi rostro, y llevaba días sin oír mi voz.
Muchas veces olvidaba como había acabado de esa forma y entonces me venía a la mente la imagen de Martha. Todo por su culpa. Recordaba su cara y su voz y me levantaba a leer su nota. Me torturaba pensando que estaría con otro. Me la veía follando con otro. Sonriendo, paseando, hablando, jugando, riendo y soñando con otro. Me estaba engañando con otro. Me había estado engañando con otro. Que triste. Te pasas la vida diciendo verdades como puños y lo único que recibes son mentiras como puñetazos.

Me incorporé en el sillón. Busqué, entre toda la basura de la mesa, alguna lata con algo de cerveza. Todo a mí alrededor eran latas y botellas vacías. Cartones de tabaco vacíos se amontonaban creando pequeños edificios, y montañas de colillas ya podridas hacían las veces de vertederos. El salón apestaba, la casa apestaba, yo apestaba y nadie hacía nada por remediarlo. Encontré una lata con algo de líquido, la levanté y bebí. Era cerveza.
Llevaba días sin poder dormir. Había perdido la noción del tiempo y sólo comía cuando tenía algo de hambre. Las horas parecían minutos y la noche siempre llegaba cuando menos me lo esperaba. Me pasaba los días sin salir del salón y cuando salía sólo lo hacía para ir al baño o para leer de nuevo su nota. Llevaba días sin sentirme humano. Ya no recordaba cuando fue la última vez que me reí o como era antes de que toda esta mierda se apoderase de mi vida. Llevaba días sin cagar bien. Ya no diferenciaba entre estar cansado o estar borracho. No sabía qué coño pasaba. No podía dormir, no podía pensar, no quería luchar y me era imposible no sentirme débil.

Me levanté del sillón, hice crujir mi espalda y me acerqué a la ventana. Levanté la persiana y miré allí abajo. Estaba de noche. La gente andaba de un lado a otro, sin preocuparse por nadie, sólo de ellos mismos. Bajé la persiana y me tiré en el sillón. Era increíble que aún aguantase mi estado y mi situación. Era increíble que aún luchase por nada. Pero ya daba igual, yo había perdido. Al final Martha tenía razón, gana el que tumbe al otro, no el que aguante más golpes.