12.21.2006

Desorden de reserva.

1

Vomité.
Vomité y todo el fluido marrón, con tropezones, biscoso y maloliente,salió disparado y se estrelló contra el lavabo, lo cubrió todo del mismo asqueroso color y después volví a vomitar. Respiré, cerré los ojos, sonreí levemente y volví a vomitar. El baño estaba sucio. No había suelo, solo un charco de orina cubierto de colillas y seguro que algún que otro condón flotando a la deriva. Apollé una mano en una de mis piernas y la otra, con los dedos estirados, sobre el water, y vomité. Debía de ser el ron miel, o sino no me explico lo del color marrón. También podría haber sido el vino, pero supongo que el vómito habría sido de un color más granate. De todas formas era la misma mierda.
Debían de ser las cinco de la madrugada. Fuera, en el garito, estaría esa gente con la que salí (casi desconocidos), y esa chica, también desconocida, a la que abandoné un momento después de decirle entre simuladas arcadas "voy a mear". Joder, que difícil es emborrachar a alquien. Me paso los días sirviendo copas sin fondo a borrachos acabados; dejándolos más jodidos que cuando llegaron, y después me es imposible emborrachar a una simple e indefensa chica dispuesta a todo. O por lo menos eso decían sus ojos.
Volví a vomitar. Era un grifo de mierda soltando todo el alcohol, con sus trocitos de cena, que había ido acumulando a lo largo de la noche.
Recuerdo que todo comenzó en la cena, disfrutando de un vino realmente caro y comiendo esas pequeñas tapas que simulan cuadros modernistas. La culpa la tuvo el vino, sin duda.

2

- ¿Otra copita de vino?
Recuerdo que pensé, relamiéndome los labios y disfrutando del sabor:
- Cojones, ¿Dónde ha estado este vino toda mi vida?
No sé cuantas copas llevaría, pero el caso es que estaba haciendo efecto, bastante efecto. Entonces alguien dijo:
- ¿Otra copita de vino?
- ¡Venga! -dijimos los demás.
Se supone que estábamos cenando, pero eso parecía un concurso de a ver quién bebía más. El vino lo servían en grandes y altas copas que parecían floreros, y cuanto más bebía, más y más borracho me ponía.
Era un sitio caro. La comida la decoraban a más no poder y los gestos del camarero eran educados y corteses.
Estuvimos horas vaciando botellas.
Después pedidos la cuenta. Más tarde, fuera, en la calle, nos reíamos por no llorar. Fuimos a nuestro garito y allí seguimos bebiendo, pero esta vez ron. Aún seguíamos riéndonos. Al día siguiente ya lloraríamos por los cientocinco euros de cena. O mejor dicho, de vino.

3

- ¿ A qué estás esperando?
- Joder, déjame, ¿no ves que estoy meando?
- Venga, hazlo de una vez, la tienes a huevo.
- Vale, joder, ya lo sé, sin prisa.
- ¿Pero has visto como te mira?
- Pues sí, me he dado cuenta.
- Y como está...
- También me he dado cuenta, es imposible no fijarse en ese cuerpo.
- Pero venga ya, joder, no la cages.
- Que sí, coño, que sí, confía en mí.
- Ya claro, que confie en tí... Al final una paja y a la cama, como siempre.
- Gilipollas...
- Tú eres el gilipollas, que pierdes el tiempo hablando contigo mismo en el baño...
- Vete a la mierda.
- Vete tú.

4

Lo bueno de trabajar en un bar es que (aparte del echo de que todo te sale gratis) puedes servirte tú mismo la copa perfecta. Es decir, en el vaso que quieras, con la cantidad excata de hielo que quieras, la mejor bebida y cuanto quieras, el refresco más frío, el mejor trocito de limón... es la hostia, es como si te hubiese tocado la lotería.
Bebíamos todos en una de las barras, en nuestros taburetes y con nuestra conversación absurda y sin sentido. Lo más curioso es ver como te mira la gente al colarte en la barra, servirte y salir dando tumbos mientras esquivas a tus compañeras a menos dos centímetros.
Recuerdo un momento, una conversación:
- Eres un problema para la circulación de mi sangre, -dije en un susurro.
- Si quieres me quito...
- No, joder, sigue, sigue.
Y siguió apoyada.
Se pegaba tanto que hasta abusaba. Lo hacía queriendo, disfrutando. Le gustaba. Allí estaba ella, a menos dos centímetros. con sus manos inquietas, su picardía y mi bulto. El vino dejaba paso al ron.
Y después un coche rojo, cambio de garito, cambio de gente, de bebida y de locura.

5

Salí del baño, aún con restos del agrío sabor a vómito en mi boca, y me fundí con los demás. Y allí estaba esa chica. No la conocía, me la habían presentado esa noche, pero no me acordaba de su nombre. Nunca suelo acordarme de los nombres. Es más, no suelo escucharlos. Se me escapan.
Seguimos en aquel garito, rodeados de música, gente y fiesta. Pensaba en el por qué de sus miradas. No llegaba a comprenderlas. No entendía sus gestos y me era extraña la situación. Las tías miran siempre insinuando. No lo hacen aposta, imagino que será sin querer, pero por alguna razón que se nos escapa siempre consiguen que creamos que quieren algo; cuando no es así. El problema no es nuestro. Son ellas las que dan falsas esperanzas. Llámalo malentendido, llámalo equivocación o directamente llámala calientapollas, pero es así.
Bueno, el caso es que acabé tan ciego, tan borracho y perdido, que ni siquiera podía fijar la vista. Después todo se volvió normal. Volvió a ser como antes. Recuerdo nubes y frío. Soledad. Luz. Gente yendo a trabajar.Ya todo volvió a la normalidad. El vino se fue. El ron se fue. La gente se fue. El sabor a vómito también se fue y mi polla seguía dentro de mis pantalones.

12.07.2006

Frotando...

Apoyado tras la barra del bar, rodeado del cargante olor a café y del olor que desprende el desagüe mezclado con el incienso barato de la tienda de enfrente, los miro a todos y cada uno, y me canso por cada minuto que pasa sin poder estar corriendo, saltando, riendo, besando, volando, tumbado, follando o hablando. Los miro a todos y cada uno y pienso en lo borrachos que están, y pienso que yo soy el culpable; y que seguro después saldrán a correr, volar, reir... y toda esa mierda. Y que después, saciados a más no poder, vomitarán largas potas de diversos colores.
Me llamo Antonio Kaos y no hay nada que más me guste que una larga pota viscosa y apestosa.

12.03.2006

Ellas

Son como la cerveza.
Cuando deseas una
haces lo que sea
por conseguirla.

Vas hasta donde haga falta
por un trago,
y entonces
está mala.
Algún problema con el gas,
el barril o el grifo.
Pero el caso es que
sabe a mierda.
Demasiado aguada
sin fuerza, sin gusto

o
agria.
Y cuando no quieres ni ver
ni una caña.
Ni olerla.
Aparecen de pronto
por todos sitios.
Y tú bebes y bebes.
Y te emborrachas.
Y ya estás perdido de por vida.
Sea como sea
no hay forma de entenderlo.
No hay forma de ganar.