10.18.2006

Señor Jack. Hijo de puta.

Aquel tipo andaba solo, cansado y enfadado por la calle. Era de noche, muy tarde y hacía frío. Andaba por un callejón oscuro, rompiendo el silencio con el pisar de sus zapatos. Sus impecables y brillantes zapatos negros.
Se dirigía a un bar. Allí tenía que buscar a un tipo. Era su trabajo. Para muchos era un trabajo peligroso, pero para él no. Disfrutaba con su trabajo. Era el mejor.
Vestía una camisa blanca, unos pantalones negros carísimos y la corbata le bailaba con el viento. Tenía la piel pálida, tan blanca como su camisa, un pelo escaso, despeinado y negro, una nariz pequeña y unos ojos rojos rodeados de unas ojeras imborrables. A simple vista parecía una fotocopia. Blanco y negro, blanco y negro, blanco y negro.

Intentó recordar dónde había dejado el coche por si acaso tenía que salir corriendo de allí. Se aseguró de llevar las armas, se colocó bien la corbata y recordó el nombre del tipo al que tenía que encontrar, hacerle pagar lo que debía y si no lo hacía, matarle. Charles. Charles no sé qué.
Salió del callejón y se encontró de frente con el bar y su luminoso cartel sobre la entrada. Era el Bar de Lou y dentro debía estar Charles no sé qué. Su trabajo.

Entró empujando la gruesa puerta de madera y se plantó en la entrada. Miró a su alrededor, se quedó unos segundos en silencio, observó las mesas y la barra y contó a los tipos que habían por allí sentados. Por lo menos ocho. Buscó algún sitio donde sentarse. Se acercó hasta una mesa en la esquina del fondo, se sentó y esperó.
Sacó su paquete de cigarrillos de vainilla, “To´Go Vanilla”. Se encendió uno y fumó en silencio. El bar era todo de madera: sillas, mesas, suelo, barra y puertas. Todas las paredes estaban decoradas con cuadros en relieve, marcas de cerveza luminosas, alguna que otra foto en blanco y negro y trofeos llenos de polvo por las esquinas. Algunos tipos estaban sentados en la barra. Encorvados, pensativos, mirando un punto fijo y toqueteando su vaso de whisky repleto de pequeños cubitos. Otros estaban en las mesas haciendo prácticamente lo mismo, siempre dejando entre unos y otros una mesa de separación.

Mientras fumaba, se acercó el camarero a su mesa. Era un chico joven que aprendía más cosas cada noche en el bar que en clase.
- ¿Qué le pongo, caballero? –le preguntó muy seriamente.
- Un vaso de leche templada.
- ¿Un vaso de leche templada?
- Sí, un puto vaso de leche templada.
Estaba arto de tener la misma conversación con todos los camareros de la ciudad. El chico se metió de nuevo en la barra. Él, mientras tanto, fumó y esperó. Miró a todos y cada uno de los tipos que bebían en el bar. Intentó adivinar quién era Charles no sé qué, pero no pudo, pues todos eran iguales: viejos borrachos. Fumó su última calada y aplastó el cigarro contra el cenicero y entonces se acercó el camarero.
- Aquí tiene –dijo dejando el vaso de leche templada sobre la mesa.
- Gracias.
El chico se dio la vuelta hacia la barra, pero de pronto el tipo habló:
- Perdona chico –el camarero se detuvo y escuchó.- ¿Conoces a un tal Charles no sé qué? Creo que suele venir por aquí.
- Charles… Sí, creo que sí. Es aquel hombre de la mesa del fondo, junto a la ventana.
Le miró. Otro viejo borracho más.
- Quiero que me hagas un favor –le dijo al chico,- quiero que le pongas otra copa de lo que esté bebiendo y dile que le invito yo.
- Muy bien, ahora mismo.
- Gracias, chico.

Bebió un sorbo del vaso de leche templada. Estaba perfecta: templada. Sacó el paquete de cigarrillos y encendió uno. Nada mejor que un cigarrillo de vainilla para acompañar a un vaso de leche templada, pensó. Mientras fumaba vio como el camarero se acercó a Charles y le dejó una copa en la mesa después de decirle algo. Charles miró hacia su mesa y desde allí el tipo dio una calada.

Estuvo bebiendo y fumando durante un par de minutos y de pronto, al alzar la vista, vio que Charles se acercaba a su mesa. Tenía la misma pinta que un vagabundo. Los vaqueros desgastados y rotos, eran una talla mayor. Llevaba una camisa a cuadros sucia, sucia de algo que no podía reconocer. Tenía unas arrugas profundas, una asquerosa barba de tres días, una boca gigante, una barriga cervecera, un pelo canoso y unos ojos cansados. Entonces, se paró ante su mesa, le miró y habló:
- Muchas gracias por el whisky.
- No hay de qué…
- Me llamo Charles. Charles…
De pronto, un ruido de cristales rotos llegó desde la barra. Al perecer, al camarero se le había caído una botella. Era un chico torpe. Al tipo le molestó no haber oído el apellido de Charles. Se quedaron en silencio y Charles no sé qué habló:
- ¿Y usted es…?
- Me llaman Señor Jack.
- Encantado Jack.
- No. Señor Jack.
- ¿Perdona?
- Es Señor Jack. No Jack.
- Oh, sí, claro, claro… Señor Jack. ¿Puedo sentarme?
- Claro, Charles.
Se sentó frente a él y miró extrañado el vaso de leche templada.
- ¿Eso es leche?
- Sí. Leche templada.
- ¿No bebes whisky?
- No, Charles.
- ¿Cerveza, vino, ron?
- No, Charles.
El Señor Jack buscó al camarero con la mirada, le hizo un gesto para que se acercase y apagó el cigarrillo en el cenicero. El chico llegó.
- ¿Si? – dijo.
- Tráele otra copa al caballero – le dijo el Señor Jack.
- Ahora mismo.
- Gracias Jack –dijo Charles agradecido.
- Señor Jack.
- Sí, claro.
En seguida llegó el camarero con un whisky, lo dejó en la mesa sin decir nada y desapareció. Charles rompió el silencio:
- Verás. No quiero parecer grosero, pero nadie invita a nadie si querer algo a cambio. Yo te lo agradezco, no tengo pasta ni para beber, pero debes saber que yo no soy de esos… no te daré nada a cambio. ¿Vale?
- Tranquilo, Charles. No quiero nada a cambio.
- Entonces ¿Por qué me invitas a whisky?
- Lo hice para que te acercases hasta aquí.
- ¿Y para qué querías que me acercase?
- Para decirte algo.
- ¿Decirme qué?
El Señor Jack dio un último trago al vaso de leche templada y dijo:
- Debes dinero Charles. El Señor Marti me envía para recuperarlo.
- ¿Marti? –Dijo en voz alta Charles- le dije a ese gordo de mierda que ya le devolvería su apestoso dinero.
- Debes dármelo aquí y ahora. Debes 481 dólares.
- ¿Y tú quién coño eres, un matón? ¿Me vas a obligar a pagarle? ¿Tú?
- Quién yo sea no importa. Y sí, te obligaré a pagarle.
Charles no sé qué dio un trago de su whisky y se quedó mirando a la nada, pensado. El Señor Jack le miró fijamente, en silencio. Entonces Charles habló:
- Mira, iba a devolvérselo, pero las cosas me han salido mal.
- Eso a mí no me importa, Charles.
Charles miró al Señor Jack con ira y empezó a gritar:
- ¡Dile a ese gordo hijo de puta que le pagaré cuando tenga el dinero!
- Charles… -susurró el Señor Jack.
- ¡Qué se joda! ¡Si no sabe esperar que se joda!
-Charl…
Entonces Charles no sé qué se levantó bruscamente tirando la silla hacia atrás, dio un largo trago a su whisky y se fue hacia la puerta.
- Gracias por las copas, Jack.
Y desapareció. Todo el mundo vio la escena y ahora miraban al Señor Jack.
- Es… Señor Jack, -susurró.

Charles no sé qué llegó hasta su Wolks gris. Estaba confuso e irritado. No tenía dinero. No tenía trabajo y necesitaba beber. Abrió la puerta y se metió dentro. Buscó su vieja petaca de whisky en la guantera, pero no la encontró.
- Joder, ¿Dónde coño está ahora la petaca? –dijo.
Buscó dentro del coche. Miró bajo los asientos, por la parte de atrás y volvió a mirar en la guantera. Y no encontró nada. Se acomodó en el asiento, cerró los ojos y suspiró. Mierda, pensó. Entonces abrió los ojos y justo delante del coche, de pie y en silencio, estaba el Señor Jack con su petaca en la mano.
- ¿Buscabas esto, Charles?
- ¡Maldita sea! ¿Pero quién coño eres tú? –gritó desde dentro del coche.
- Sal del coche, Charles.
- ¿Y si no quiero gilipollas de mierda? Devuélveme mi…
La voz de Charles no sé qué se ahogó en la nada al ver al Señor Jack apuntándole con un arma. De pronto, casi sin darse cuenta, como por arte de magia, apuntándole con un arma.
- Sal del coche, Charles.
Charles obedeció. El Señor Jack se acercó hasta él con el arma en alto. Blanco y negro, blanco y negro, blanco y negro. Cerró la puerta del coche de una patada y le dijo:
- Debes 481 dólares. Debes pagar aquí y ahora.
- Joder… ¿Vas a matarme?
- Seguramente sí, Charles.
Charles miró al Señor Jack y no vio en él ni dudas ni miedo. Entonces comprendió que moriría allí y ahora. Moriría con su peor camisa, sin haberse dado una última ducha y sin haber bebido una última copa. Mierda, pensó.
- Mira, puedo conseguir el dinero, de verdad, joder, puedo conseguirlo.
- No me importa, Charles.
- ¡Mierda! Joder, pagaré. Solo necesito un poco de suerte en el hipódromo.
- Allí perdiste todo tu dinero. Y tu suerte se ha acabado ya.
Apretó el gatillo. Sin dudarlo y con ganas de acabar con todo, apretó el gatillo. Clic. Clic. Clic.
- Joder –dijo el Señor Jack.
Clic. Clic. Clic. La bala no salió. Ninguna bala mató a nadie. No se oyó ningún disparó ni ningún casquillo caer.
Charles sonrió y el Señor Jack miró el arma con desprecio.
- Hijo de puta, ibas a matarme –dijo Charles con los ojos como platos.
- ¡Putas armas de fuego! –Gritó el Señor Jack.- ¡Joder!
Dio unos golpes con la mano a la pistola y probó. Clic. Clic. Clic.
- Estoy tranquilo… -dijo el Señor Jack.
- ¿Qué?
- ¡Nada!
Tiró el arma a un lado. Cayó contra unos contenedores haciendo un estruendo ruido y miró fijamente a Charles no sé qué. Por un momento, Charles se estremeció. Nunca había visto unos ojos así. Entonces, casi sin darse cuenta, recibió un puñetazo y calló sobre el coche. Levantó la cabeza y de pronto, en un segundo, como por arte de magia, el Señor Jack estaba sobre él con un cutter en la mano.
- Joder tío ¿eso es un cutter? –le dijo.
El cutter, con su cuchilla amenazante, brillaba y silbaba en la mano del Señor Jack. Charles tembló un momento y dijo:
- Vaya mierda. No quiero que me maten con un puto cutter.
- Cállate ya.
- Lo de la pistola no estaba mal. Pero un cutter de mierda es muy cutre.
- ¡Que te calles ya!
El Señor Jack lanzó su mano con el cutter contra la cara de Charles no sé qué, pero de pronto Charles la esquivó y el cutter chocó contra el cristal del coche, rompiendo toda la cuchilla.
- ¡Hijo de puta! –gritó el Señor Jack.
- ¡Serás cabrón! ¡Ibas a rajarme!
- Mierda… -dijo el Señor Jack apartándose de Charles.
Charles no sé qué se colocó bien su sucia camisa. El Señor Jack miró el cutter sin punta y lo guardó.
- Parece que hoy es mi día de suerte –dijo Charles.
- Eso parece.
Charles no sé qué buscó su petaca de whisky por el suelo. La encontró, la destapó y echó un trago bien largo. El Señor Jack le miró y le dijo:
- Vete.
- ¿Qué?
- Que te vayas, joder.
- ¿Por qué?
- Hazlo antes de que me arrepienta.
- Vale…
Charles no sé qué se metió en su coche, arrancó y bajó la ventanilla.
- Dile a Marti que le pagaré. No sé como, pero le pagaré.
- Que no me importa, Charles.
Entonces el coche comenzó a avanzar y desde dentro Charles no sé qué le gritó:
- ¡Gracias Jack! –y desapareció.
- Hijo de puta –susurró.

3 Comments:

Blogger C said...

No sé porqué, pero me ha recordado a Sin City.

Eres genial Jack ;)


p.d.: where is my mind?


muá

9:51 p. m.  
Blogger kao tentacle said...

es señor jack...

XD

11:29 a. m.  
Blogger C said...

Que os den xDDD

10:20 p. m.  

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