10.06.2006

Débil (Segunda parte)

Días después, seguía en el sillón. Mis piernas descasaban sobre la mesa, la cual estaba cubierta de botes de cerveza, ceniceros repletos de colillas, botellas de vino y ron y vasos ya mugrientos. Era de noche y fuera, en la calle, estaba lloviendo. Sobre el salón se posaba una nube de humo, una cantidad considerable de basura se amontonaba al lado de la mesa y yo apestaba. Todo estaba como a Martha no le gustaba.
Cambié de canal, bebí mi último trago de cerveza y tosí. Llevaba días sin ir a trabajar. Me levanté y fui a la cocina. Llevaba días sin moverme, sin hacer nada. Abrí la nevera y busqué cerveza. Solo quedaba una lata, por lo que tenía que empezar a pensar en comprar. La abrí y bebí. Cerré la nevera y allí estaba su nota. Allí estaba su letra diciendo que me dejaba. Un día te acuestas limpio y con ganas de follar, y al siguiente te levantas solo y sin futuro. La vida nunca es lo que te esperas. De camino al salón me detuve frente al espejo del pasillo. Me miré. En mi mano llevaba la cerveza. Mi pelo estaba despeinado, mugriento y aplastado. Una barba estaba empezando a crecerme y mis hombros caían cansados hacia delante. Mi estómago estaba hinchado como un neumático y mi cara, seria y sin color, daba pena.
Me tiré en el sofá y allí bebí y fumé. Miraba la tele sin ver nada y me sentía cansado sin haberme movido. Suspiré, di un buen trago y eructé. Estaba débil. Era débil. Era un débil pedazo de mierda.

Minutos más tarde estaba cogiendo mi abrigo y algo de dinero. Tenía que salir a la calle a por más cerveza. Por lo menos a por más cerveza. Llamé al ascensor y esperé. Llegó, entré y evité mirarme al espejo. El ascensor comenzó a descender y de pronto se paró a pocos pisos de la salida. Entonces entró una chica. Era la del quinto. Me miró por encima y dijo con voz lenta y suave:
—Hola…
Yo ni siquiera me había peinado. Joder, ni siquiera me había lavado la cara desde hacía días.
—Hola, —dije yo rápidamente.
Ella se pudo delante y yo me quedé atrás en silencio, casi sin moverme y maravillándome por su espléndido culo. Me vi navegando en sus curvas y una sonrisa estúpida se dibujo en mi cara. Llevaba unos vaqueros muy ceñidos y por un momento pensé en abalanzarme sobre ella y hacerlo allí mismo. Pero solo eran gilipolleces. Además, yo había salido a comprar cerveza.
Ding. El ascensor se detuvo, las puertas se abrieron y ella salió en seguida.
—Adiós, —dijo fugazmente.
No me despedí. Me lo tomé con calma. Salí del ascensor, miré en el buzón y lo vi repleto de cartas. Salí a la calle y comencé a andar avenida abajo.

Por mucho que no la aguantase, Martha siempre fue una buena mujer. Al principio, como en todo, era estupendo. Los dos rebosábamos amor y las cosas nos fueron muy bien, pero al final todo se tuerce. Además, era demasiado buena para alguien como yo. Cada día daba gracias al cielo por poder acostarme con una tía así. Pero ya ves, es mentira eso de que los débiles acaban ganando siempre.
En el supermercado siempre era lo mismo. Todo estaba repleto de viejas momias y de amas de casa tristes. Nunca había visto a ninguna tía buena o a algún tío acabado comprando cervezas. En ese caso, siempre solía ser yo el único. Cogí dos lotes de seis y fui directo a la caja. Me coloqué en la cola y esperé. Noté como me miraban de reojo. Se fijaban en mi rostro y en las cervezas, pero a mí me daba igual. Entonces, una mujer y un niño se colocaron detrás de mí. Oí como la mujer le dijo al niño:
—Espera aquí cariño, voy a por detergente.
Se fue y el niño se quedó detrás de mí, quieto y en silencio, con su bolsa de patatas entre las manos. Aún quedaban tres personas, delante de mí, esperando en la cola. Sentí al niño mirarme, me giré, le miré, me miró a la cara y me dijo:
—¿Es que usted no compra comida?
Tenía voz de niña y una carita pequeña llena de pecas.
—No.
—¿Y no tiene hambre?
—No.
Entonces extendió los brazos y me ofreció de sus patatas.
—¿Quiere? —Me dijo.
—No, gracias pequeño, pero no.
Me miró. Tenía unos ojos muy grandes y sin saber como, muy en su interior, pude distinguir experiencia y sensatez.
—Mi madre dice que la cerveza es mala. —Dijo mirando las latas que llevaba en mi mano.
—Tu madre tiene toda la razón.
Vi llegar a su madre por el pasillo del fondo. Me giré y esperé mi turno. Dejé las cervezas en la cinta transportadora y la cajera las cogió. Me cobró, y mientras lo hacía pensé que ella no tenía mejor aspecto que yo. Al fin y al cabo, trabajar y pudrirse de asco en casa viene a ser lo mismo. Metí las latas en una bolsa y oí al niño hablarle a su madre:
—¿Has visto mama? Ese hombre de cara rara ha comprado cerveza.
—No señales, —dijo ella.
—¿A que se va a poner enfermo por beber cerveza?
—Si…
Salí de allí tan rápido como pude. Agarré bien la bolsa de las cervezas, tosí, suspiré y me abroché bien el abrigo. Mi novia me abandona y lo único que se me ocurre es emborracharme. Se dice que es normal, se le suele llamar periodo de crisis. También se dice que los niños nunca mienten.

Chispeaba levemente, hacía frío y la calle estaba desierta. Anduve bajo la lluvia, lento y cabizbajo. Ya no sabía que iba a ser de mí. Sinceramente, me daba igual. Es increíble que una mujer cree tantos problemas. Anduve cansado, con el abrigo y el pelo empapados. Antes de llegar a casa, en el portal de un edificio, vi a un indigente refugiándose de la lluvia. Estaba tirado sobre unos cartones mojados, llevaba un gorro de lana por donde le salían algunos pelos y una frondosa barba le cubría la cara. Era viejo y se notaba que estaba pasando frío, mucho frío. Ante él, al lado de los cartones, había un tarro con algunas monedas. Me paré, saqué algo de calderilla y la dejé caer en el tarro. El viejo levantó lentamente la cabeza y me dijo:
—Gracias…
Le miré a los ojos y me sentí como si me estuviese mirando de nuevo al espejo. A ese hombre no le faltaba dinero. Hasta podría decirse que no le faltaba ni comida ni techo. Abrí la bolsa del supermercado y saqué tres latas de cerveza. Me acerqué hasta él y se las dejé a un lado. Al tipo le cambió la cara. Entre su gran barba pude distinguir una leve sonrisa y entonces me dijo:
—Gracias, muchas gracias, amigo.
No dije nada. Comencé a andar en dirección a casa. A veces, lo que más falta nos hace es lo que más cerca está.

Llegué, abrí la puerta, me quité los zapatos y el abrigo y me tiré en el sofá. Me senté en el centro, ocupando el lado que siempre había sido de Martha. Me senté esperando a que pasase algo. Me senté esperando a hacerme viejo, a que mi calvicie se extendiese y a que mi cara se pudriese. Me senté esperando mientras me rascaba la ingle.
Minutos más tarde me levanté, fui al baño y meé. En los últimos días, toda el agua cristalina del bater se había convertido en un espumoso y apestoso líquido amarillo. No utilicé la cisterna y en el fondo, muy en el fondo de mí, eché de menos la voz de Martha diciéndome que tirase de la cadena. Salí del baño, cogí las cervezas del supermercado y las metí en el frigorífico. Y ahí estaba de nuevo. Ahí estaba otra vez su voz escrita diciéndome que me abandona, diciéndome que no me soporta, diciéndome que se va y que no quiere saber nada más de mí. Estuve unos minutos quieto y en silencio, de pie, en la cocina. No podía pensar en nada. No podía valerme por mí mismo. Ni siquiera podía reconocer que algo me estaba destrozando por dentro.
Sonó el teléfono. Respiré, me sorprendí y fui a cogerlo. Respondí:
—¿Si?
—¿Oye? Soy yo, Víctor.
Víctor era mi compañero de trabajo. Pasábamos todo el día en el almacén. Siempre juntos. Siempre trabajando como esclavos.
—Eh, tío, —dijo.— ¿Qué pasa? Llevas días sin ir a trabajar.
—Ya…
—Eres un cabrón, estoy trabajando el doble por tu culpa. ¿Qué te pasa? Tienes mala voz. ¿Estás enfermo?
—Sí… sí, Víctor, estoy enfermo…
—Bueno, sólo llamaba para decirte que el jefe está que trina. Yo si fuese tú me pasaba por el curro y daba señales de vida.
—Vale, —dije— lo intentaré.
—Venga tío, dale recuerdos a Martha.
—Sí… claro.
Colgué.
Me senté en el sillón, me recosté y bostecé. Ya nada era como antes. Te cambian la vida durante unos días y todo a tú alrededor se convierte en mierda. Ya nada sería como antes. Bostecé de nuevo y miré a mí alrededor y sólo encontré silencio. Mis párpados se volvieron muy pesados y dejé que mis ojos se cerrasen. Dormí.


Días después, aún seguía en el sillón. Una barba ya me cubría la cara, una capa de grasa descansaba sobre mi piel y todo el sofá había cedido, día tras día, a la forma de mi culo. Odiaba a todas y a cada una de las personas que veía en la tele. Bebía sin ganas. Bebía cerveza caliente, ron solo y sin cubitos y me fumaba los cigarrillos a pares. Estaba acabando muy lentamente conmigo mismo. Había descolgado el espejo del pasillo y lo había guardado, pues estaba empezando a darme asco mi rostro, y llevaba días sin oír mi voz.
Muchas veces olvidaba como había acabado de esa forma y entonces me venía a la mente la imagen de Martha. Todo por su culpa. Recordaba su cara y su voz y me levantaba a leer su nota. Me torturaba pensando que estaría con otro. Me la veía follando con otro. Sonriendo, paseando, hablando, jugando, riendo y soñando con otro. Me estaba engañando con otro. Me había estado engañando con otro. Que triste. Te pasas la vida diciendo verdades como puños y lo único que recibes son mentiras como puñetazos.

Me incorporé en el sillón. Busqué, entre toda la basura de la mesa, alguna lata con algo de cerveza. Todo a mí alrededor eran latas y botellas vacías. Cartones de tabaco vacíos se amontonaban creando pequeños edificios, y montañas de colillas ya podridas hacían las veces de vertederos. El salón apestaba, la casa apestaba, yo apestaba y nadie hacía nada por remediarlo. Encontré una lata con algo de líquido, la levanté y bebí. Era cerveza.
Llevaba días sin poder dormir. Había perdido la noción del tiempo y sólo comía cuando tenía algo de hambre. Las horas parecían minutos y la noche siempre llegaba cuando menos me lo esperaba. Me pasaba los días sin salir del salón y cuando salía sólo lo hacía para ir al baño o para leer de nuevo su nota. Llevaba días sin sentirme humano. Ya no recordaba cuando fue la última vez que me reí o como era antes de que toda esta mierda se apoderase de mi vida. Llevaba días sin cagar bien. Ya no diferenciaba entre estar cansado o estar borracho. No sabía qué coño pasaba. No podía dormir, no podía pensar, no quería luchar y me era imposible no sentirme débil.

Me levanté del sillón, hice crujir mi espalda y me acerqué a la ventana. Levanté la persiana y miré allí abajo. Estaba de noche. La gente andaba de un lado a otro, sin preocuparse por nadie, sólo de ellos mismos. Bajé la persiana y me tiré en el sillón. Era increíble que aún aguantase mi estado y mi situación. Era increíble que aún luchase por nada. Pero ya daba igual, yo había perdido. Al final Martha tenía razón, gana el que tumbe al otro, no el que aguante más golpes.