Extraña noche.
Me desperté. Me desperté y por un momento no sabía dónde estaba. No estaba en mi casa, ni en mi cama. Estaba en un sofá. Era un sofá duro, con un cojín también duro y áspero. Hacía calor. Estaba sudando y aún llevaba puesta la ropa de anoche. ¿Qué pasó anoche? No podía recordarlo. Aún no.
Olía mal. Yo olía mal. Tenía la boca pastosa, la cara grasienta, la garganta seca, la cabeza dolida y estaba empalmado. Me incorporé y miré a mi alrededor. No había nadie. Era la guardilla de un amigo y por allí no había nadie.
Recordaba a duras penas lo que había pasado la noche anterior. Dios, tanto alcohol, tantos porros, tanto tabaco. Recordaba por encima la música, la gente, las risas y el amanecer, pero no sabía qué cojones había pasado.
Me levanté, con la ropa apestando, despeinado y mareado. Salí de la guardilla, me asomé al balcón y escupí varias veces. Escupía y recargaba y volvía a escupir. No había forma de librarse de aquello. Era tan asqueroso. Bajé con cuidado las escaleras, busqué el baño. Oí de fondo, en el primer piso, a mi amigo y a su madre hablando; pero no me acerqué ni di señales de vida. Me metí en el baño y cagé largo y tendido. Que asco, tanta cerveza, vino y ron. Que asco. Después me enjuagué la boca y me lavé la cara. Tenía los ojos rojos de no dormir. Subí las escaleras y me metí de nuevo en la guardilla. Me senté en el sofá.
Recordaba ir en un coche, conduciendo yo, ciego, con dos tías conmigo, una detrás y la otra delante, a mi lado. Era raro, sólo eran unas crías. Iban muy borrachas y ni siquiera sabía como se llamaban. Simplemente estaba allí, conduciendo con dos tías. La de atrás no paraba de llamarme por mi nombre diminutivo, como si fuese mi madre, con cariño, con ternura, tocándome constantemente el hombro y diciendo cada dos por tres que quería verme más ciego, que no iba suficientemente borracho, que beberíamos los tres juntos hasta ponernos muy ciegos. Dios, sólo eran unas crías. La del asiento del copiloto me guiaba por el pueblo, indicándome dónde íbamos, pero nos perdíamos constantemente. La de delante era rubia, la de atrás morena. Me hablaban con cariño, como si me conociesen de siempre, tomaban confianza y me tocaban y se reían y me miraban fijamente. La de atrás seguía con lo mismo, decía que quería que yo bebiese más; y yo mientras decía que sí, que claro, que por qué no. Y entonces me lo volvía a repetir, pero ahora diciendo todo el rato cosas como: “de verdad, eh”, “muy ciegos, eh”. Y yo allí, sin saber qué cojones hacer, asustado porque dos niñatas me lanzaban indirectas una y otra vez. Joder, yo solo quería dejar de conducir (por lo peligroso de la situación) y hacerme un porro y tomarme una cerveza. Y me tocaban, y me sobaban; y yo allí sin saber como reaccionar. Que paradójico, hasta hace poco empalmaba mi sexo viendo video clips baratos y ahora no sabía como reaccionar. Coño, pero si eran unas crías.
Me costaba recordar. Todo se veía turbio, borroso, como si no hubiese ocurrido. Recordé la minifalda de la rubia, allí sentada a mi lado, enseñando al completo sus muslos. Era una prenda tan diminuta. Recordé la cerveza. Mucha cerveza. Después recordé la gente, el barullo, la música, las chicas. La minifalda.
El caso es que acabamos, mi colega y yo, demasiado ciegos dando vueltas por el pueblo. Ya no había gente, ni música. Estaba amaneciendo y llevábamos encima tal mierda que no nos manteníamos en pie. Y yo conducía. Qué increíble. Buscamos algún sitio dónde comer churros y un chocolate caliente. Lo encontramos. Yo me comí algunos y bebí un poco de chocolate, pero mi amigo no pudo ni olerlos, se fue a darse un paseo, para ver si potaba. Iba muy mal. A mí se me estaba pasando. Creo.
Vaya. Tantos viajes al coche, a la nevera, en busca de cerveza, vino, ron (¿era ron?) licor de flores, el de los chinos. Tanto andar de un sitio a otro, los dos riendo, gritando. “¿Tienes un cigarrito guapísima?”, les decía a todas y a cada una; mientras yo me partía de risa, unos metros más atrás, con lata de cerveza y porro en mano. Tan perdidos en un sitio que no era el nuestro. Tan borrachos. Tanta gente, tantas chicas, tantas horas sin dormir. La minifalda. Sus muslos.
No probó ni un solo churro. Iba súper ciego. Solo quería dormir, y yo riéndome de él. Nos montamos en el coche y conduje lento y con cuidado. Él tomaba el aire por la ventana. En la radio sonaba alguna canción de La Cabra, o de Sabina, no estoy seguro, pero era algo tranquilo. Como buen copiloto me sacó un porro preparado para la ocasión… el porro del camino. Y allí estaba yo, conduciendo bajo la luz del amanecer, despacio, con mi porro en mano, sin cambiar de marcha, tomando el aire fresco de la mañana. Ciego, perdido.
Llegamos. Caí en el sillón. A los pocos minutos mi amigo se levantó y potó en el baño. Yo me quedé durmiendo con la ropa puesta, incómodo, abrazando un cojín muy áspero, mareado y casi a punto de potar. No poté, me dormí. Creo que me dormí pensando en todo lo que había pasado; en el alcohol, en la fiesta, en la minifalda, en el amanecer, en el coche, en ella y en lo que iba a ser de mí.
Olía mal. Yo olía mal. Tenía la boca pastosa, la cara grasienta, la garganta seca, la cabeza dolida y estaba empalmado. Me incorporé y miré a mi alrededor. No había nadie. Era la guardilla de un amigo y por allí no había nadie.
Recordaba a duras penas lo que había pasado la noche anterior. Dios, tanto alcohol, tantos porros, tanto tabaco. Recordaba por encima la música, la gente, las risas y el amanecer, pero no sabía qué cojones había pasado.
Me levanté, con la ropa apestando, despeinado y mareado. Salí de la guardilla, me asomé al balcón y escupí varias veces. Escupía y recargaba y volvía a escupir. No había forma de librarse de aquello. Era tan asqueroso. Bajé con cuidado las escaleras, busqué el baño. Oí de fondo, en el primer piso, a mi amigo y a su madre hablando; pero no me acerqué ni di señales de vida. Me metí en el baño y cagé largo y tendido. Que asco, tanta cerveza, vino y ron. Que asco. Después me enjuagué la boca y me lavé la cara. Tenía los ojos rojos de no dormir. Subí las escaleras y me metí de nuevo en la guardilla. Me senté en el sofá.
Recordaba ir en un coche, conduciendo yo, ciego, con dos tías conmigo, una detrás y la otra delante, a mi lado. Era raro, sólo eran unas crías. Iban muy borrachas y ni siquiera sabía como se llamaban. Simplemente estaba allí, conduciendo con dos tías. La de atrás no paraba de llamarme por mi nombre diminutivo, como si fuese mi madre, con cariño, con ternura, tocándome constantemente el hombro y diciendo cada dos por tres que quería verme más ciego, que no iba suficientemente borracho, que beberíamos los tres juntos hasta ponernos muy ciegos. Dios, sólo eran unas crías. La del asiento del copiloto me guiaba por el pueblo, indicándome dónde íbamos, pero nos perdíamos constantemente. La de delante era rubia, la de atrás morena. Me hablaban con cariño, como si me conociesen de siempre, tomaban confianza y me tocaban y se reían y me miraban fijamente. La de atrás seguía con lo mismo, decía que quería que yo bebiese más; y yo mientras decía que sí, que claro, que por qué no. Y entonces me lo volvía a repetir, pero ahora diciendo todo el rato cosas como: “de verdad, eh”, “muy ciegos, eh”. Y yo allí, sin saber qué cojones hacer, asustado porque dos niñatas me lanzaban indirectas una y otra vez. Joder, yo solo quería dejar de conducir (por lo peligroso de la situación) y hacerme un porro y tomarme una cerveza. Y me tocaban, y me sobaban; y yo allí sin saber como reaccionar. Que paradójico, hasta hace poco empalmaba mi sexo viendo video clips baratos y ahora no sabía como reaccionar. Coño, pero si eran unas crías.
Me costaba recordar. Todo se veía turbio, borroso, como si no hubiese ocurrido. Recordé la minifalda de la rubia, allí sentada a mi lado, enseñando al completo sus muslos. Era una prenda tan diminuta. Recordé la cerveza. Mucha cerveza. Después recordé la gente, el barullo, la música, las chicas. La minifalda.
El caso es que acabamos, mi colega y yo, demasiado ciegos dando vueltas por el pueblo. Ya no había gente, ni música. Estaba amaneciendo y llevábamos encima tal mierda que no nos manteníamos en pie. Y yo conducía. Qué increíble. Buscamos algún sitio dónde comer churros y un chocolate caliente. Lo encontramos. Yo me comí algunos y bebí un poco de chocolate, pero mi amigo no pudo ni olerlos, se fue a darse un paseo, para ver si potaba. Iba muy mal. A mí se me estaba pasando. Creo.
Vaya. Tantos viajes al coche, a la nevera, en busca de cerveza, vino, ron (¿era ron?) licor de flores, el de los chinos. Tanto andar de un sitio a otro, los dos riendo, gritando. “¿Tienes un cigarrito guapísima?”, les decía a todas y a cada una; mientras yo me partía de risa, unos metros más atrás, con lata de cerveza y porro en mano. Tan perdidos en un sitio que no era el nuestro. Tan borrachos. Tanta gente, tantas chicas, tantas horas sin dormir. La minifalda. Sus muslos.
No probó ni un solo churro. Iba súper ciego. Solo quería dormir, y yo riéndome de él. Nos montamos en el coche y conduje lento y con cuidado. Él tomaba el aire por la ventana. En la radio sonaba alguna canción de La Cabra, o de Sabina, no estoy seguro, pero era algo tranquilo. Como buen copiloto me sacó un porro preparado para la ocasión… el porro del camino. Y allí estaba yo, conduciendo bajo la luz del amanecer, despacio, con mi porro en mano, sin cambiar de marcha, tomando el aire fresco de la mañana. Ciego, perdido.
Llegamos. Caí en el sillón. A los pocos minutos mi amigo se levantó y potó en el baño. Yo me quedé durmiendo con la ropa puesta, incómodo, abrazando un cojín muy áspero, mareado y casi a punto de potar. No poté, me dormí. Creo que me dormí pensando en todo lo que había pasado; en el alcohol, en la fiesta, en la minifalda, en el amanecer, en el coche, en ella y en lo que iba a ser de mí.
