8.30.2006

Extraña noche.

Me desperté. Me desperté y por un momento no sabía dónde estaba. No estaba en mi casa, ni en mi cama. Estaba en un sofá. Era un sofá duro, con un cojín también duro y áspero. Hacía calor. Estaba sudando y aún llevaba puesta la ropa de anoche. ¿Qué pasó anoche? No podía recordarlo. Aún no.
Olía mal. Yo olía mal. Tenía la boca pastosa, la cara grasienta, la garganta seca, la cabeza dolida y estaba empalmado. Me incorporé y miré a mi alrededor. No había nadie. Era la guardilla de un amigo y por allí no había nadie.
Recordaba a duras penas lo que había pasado la noche anterior. Dios, tanto alcohol, tantos porros, tanto tabaco. Recordaba por encima la música, la gente, las risas y el amanecer, pero no sabía qué cojones había pasado.
Me levanté, con la ropa apestando, despeinado y mareado. Salí de la guardilla, me asomé al balcón y escupí varias veces. Escupía y recargaba y volvía a escupir. No había forma de librarse de aquello. Era tan asqueroso. Bajé con cuidado las escaleras, busqué el baño. Oí de fondo, en el primer piso, a mi amigo y a su madre hablando; pero no me acerqué ni di señales de vida. Me metí en el baño y cagé largo y tendido. Que asco, tanta cerveza, vino y ron. Que asco. Después me enjuagué la boca y me lavé la cara. Tenía los ojos rojos de no dormir. Subí las escaleras y me metí de nuevo en la guardilla. Me senté en el sofá.

Recordaba ir en un coche, conduciendo yo, ciego, con dos tías conmigo, una detrás y la otra delante, a mi lado. Era raro, sólo eran unas crías. Iban muy borrachas y ni siquiera sabía como se llamaban. Simplemente estaba allí, conduciendo con dos tías. La de atrás no paraba de llamarme por mi nombre diminutivo, como si fuese mi madre, con cariño, con ternura, tocándome constantemente el hombro y diciendo cada dos por tres que quería verme más ciego, que no iba suficientemente borracho, que beberíamos los tres juntos hasta ponernos muy ciegos. Dios, sólo eran unas crías. La del asiento del copiloto me guiaba por el pueblo, indicándome dónde íbamos, pero nos perdíamos constantemente. La de delante era rubia, la de atrás morena. Me hablaban con cariño, como si me conociesen de siempre, tomaban confianza y me tocaban y se reían y me miraban fijamente. La de atrás seguía con lo mismo, decía que quería que yo bebiese más; y yo mientras decía que sí, que claro, que por qué no. Y entonces me lo volvía a repetir, pero ahora diciendo todo el rato cosas como: “de verdad, eh”, “muy ciegos, eh”. Y yo allí, sin saber qué cojones hacer, asustado porque dos niñatas me lanzaban indirectas una y otra vez. Joder, yo solo quería dejar de conducir (por lo peligroso de la situación) y hacerme un porro y tomarme una cerveza. Y me tocaban, y me sobaban; y yo allí sin saber como reaccionar. Que paradójico, hasta hace poco empalmaba mi sexo viendo video clips baratos y ahora no sabía como reaccionar. Coño, pero si eran unas crías.

Me costaba recordar. Todo se veía turbio, borroso, como si no hubiese ocurrido. Recordé la minifalda de la rubia, allí sentada a mi lado, enseñando al completo sus muslos. Era una prenda tan diminuta. Recordé la cerveza. Mucha cerveza. Después recordé la gente, el barullo, la música, las chicas. La minifalda.

El caso es que acabamos, mi colega y yo, demasiado ciegos dando vueltas por el pueblo. Ya no había gente, ni música. Estaba amaneciendo y llevábamos encima tal mierda que no nos manteníamos en pie. Y yo conducía. Qué increíble. Buscamos algún sitio dónde comer churros y un chocolate caliente. Lo encontramos. Yo me comí algunos y bebí un poco de chocolate, pero mi amigo no pudo ni olerlos, se fue a darse un paseo, para ver si potaba. Iba muy mal. A mí se me estaba pasando. Creo.
Vaya. Tantos viajes al coche, a la nevera, en busca de cerveza, vino, ron (¿era ron?) licor de flores, el de los chinos. Tanto andar de un sitio a otro, los dos riendo, gritando. “¿Tienes un cigarrito guapísima?”, les decía a todas y a cada una; mientras yo me partía de risa, unos metros más atrás, con lata de cerveza y porro en mano. Tan perdidos en un sitio que no era el nuestro. Tan borrachos. Tanta gente, tantas chicas, tantas horas sin dormir. La minifalda. Sus muslos.

No probó ni un solo churro. Iba súper ciego. Solo quería dormir, y yo riéndome de él. Nos montamos en el coche y conduje lento y con cuidado. Él tomaba el aire por la ventana. En la radio sonaba alguna canción de La Cabra, o de Sabina, no estoy seguro, pero era algo tranquilo. Como buen copiloto me sacó un porro preparado para la ocasión… el porro del camino. Y allí estaba yo, conduciendo bajo la luz del amanecer, despacio, con mi porro en mano, sin cambiar de marcha, tomando el aire fresco de la mañana. Ciego, perdido.
Llegamos. Caí en el sillón. A los pocos minutos mi amigo se levantó y potó en el baño. Yo me quedé durmiendo con la ropa puesta, incómodo, abrazando un cojín muy áspero, mareado y casi a punto de potar. No poté, me dormí. Creo que me dormí pensando en todo lo que había pasado; en el alcohol, en la fiesta, en la minifalda, en el amanecer, en el coche, en ella y en lo que iba a ser de mí.

8.17.2006

Ben es el camarero.

Después de estar ocho horas de pie, de estar como un gilipollas obedeciendo órdenes y de estar tan cansado que casi me desmayo en varias ocasiones, me fui. Después de estar trabajando durante toda la mañana, de no almorzar nada y de fichar en la máquina de entrada y salida, me monté en mi coche y me fui de allí tan rápido como pude.
En lo primero que pensé al montarme en mi coche fue en lo tanto que me apetecía una cerveza. Así que sin pensármelo dos veces paré en el primer bar que vi. Aparqué el coche justo en la puerta y entré en aquel antro.

Después de una dura jornada de trabajo, sin duda, me merecía una cerveza. Fui directo a la barra y me senté. El bar era pobre y cutre. Había dos tipos bebiendo. Uno en cada esquina de la barra y yo en el centro. La barra estaba pegajosa y al taburete le faltaba una goma en una de las patas y cada vez que lo movía hacía un ruido chirriante que ponía los pelos de punta. Había una vieja tele llena de polvo en una estantería. Estaban poniendo las noticias y hablaban sobre un conflicto internacional. No había nadie tras la barra, así que esperé en silencio al camarero.
Me busqué en los bolsillos el tabaco, pero no lo encontré. Me levanté y me acerqué a la máquina de tabaco mientras buscaba monedas sueltas. Introduje el número exacto de monedas y saqué un paquete. Volví a mi sitio y me encendí un cigarrillo.

La vida nunca es lo que te esperas. De joven eres un apuesto chico con todas las cualidades del mundo y sin quererlo te conviertes en un viejo gordo que no sirve para nada.
Alguien entró en el bar, se acercó a la máquina de tabaco y a los pocos segundos se fue. Mientras tanto, los dos tipos que bebían a cada lado de la barra, ni se inmutaron. Solo bebían en silencio. El de mi derecha bebía una cerveza que parecía ya caliente, tenía una barba canosa y unas cejas, también canosas, que le cubrían los ojos. El de la izquierda parecía más joven, pero tenía el mismo aspecto que el otro: un tipo acabado. Igual que yo, igual que todos.
Me acabé el cigarrillo y busqué a mí alrededor para ver si veía al supuesto camarero. Empecé a molestarme, me encendí otro cigarro y dije:
- ¿Es que aquí no hay camarero?
Ninguno de los dos dijo nada. Solo la televisión hablaba. Decía gilipolleces que no venían a cuento. Miré a los dos tipos, tosí, deje caer la ceniza del cigarro y dije:
- Perdonen, ¿qué hay que hacer para beber algo aquí?
El tipo de mi izquierda comenzó a moverse muy lentamente, levantó la cabeza, me miró y dijo:
- Ben es el camarero…
- Muy bien, -dije yo- ¿dónde está Ben?
Levantó el brazo señalando al tipo de mi derecha, que seguía quieto y en silencio, mirando fijamente su cerveza. Le miré, esperando alguna señal de vida por su parte y dije:
- ¿Ben? ¿Puede atenderme?
Ben no dijo nada. Volví la vista al tipo de mi izquierda, pero tenía la cabeza inclinada sobre su copa. Apagué el cigarrillo, tosí llamando la atención de Ben y dije de nuevo:
- ¿Ben?
Entonces, el tío de mi izquierda me habló:
- No te oye, es sordo.
- ¿Qué? –Pregunté extrañado,- ¿Cómo que es sordo?
- Pues que es sordo, -dijo él- no te oye.
Me quedé unos segundos pensando, me levanté echando hacia atrás mi taburete, soportando el chirrido del metal, y anduve hacia Ben, pero en seguida me detuve. Volví la mirada al tío de la izquierda y le dije:
- ¿Y como se supone que tengo que pedirle algo?
El tío alzó su copa y bebió, ignorándome. Seguí andando y llegué hasta Ben. La televisión hablaba de terrorismo y muertes. Hablaba de políticos y números.
Me paré justo al lado de Ben. Me dispuse a tocarle. Llevaba una camisa a cuadros que parecía tener siglos. Levanté la mano, acercándola a la tela roja, y de pronto Ben se giró muy lentamente y fijó sus ojos en mí. Pude ver su frondosa barba blanca tan cerca que parecía una almohada y desde detrás de sus gigantes cejas, sus ojos me miraron fijamente.
No dije nada. Levanté mi mano en señal de saludo, sonreí (seguro que pareciendo un gilipollas), me señalé a mí mismo y después hice un gesto con la mano, como el de alguien bebiendo. Ben se me quedó mirando. Entrecerró los ojos, hizo una mueca con la cara dándome a entender que le había molestado y se puso de pie. Me extrañé, volví la vista al tipo de la izquierda, que seguía bebiendo. Entonces Ben comenzó a andar y se metió en la barra. Andaba despacio, cansado, con la mirada fija en el suelo, como pensando en mil cosas a la vez. Era bajito y rechoncho y su cara tenía cientos de arrugas tan profundas como cicatrices. Yo volví a mi taburete. Ben se acercó hasta mí desde el otro lado de la barra, me miró y se encogió de hombros. Yo no sabía que hacer. Me rasqué la cabeza, pensando. Entonces hice algunos gestos, como los de alguien abriendo una cerveza y sirviéndola. Ben me miró y volvió a encogerse de hombros.
- No te oye, pero si que puede leerte los labios, -dijo el tipo de la izquierda.
- ¿Cómo?, -pregunté yo.
- Que puedes hablar con él, pero asegúrate de que te ve la boca, -dijo.
Miré a Ben y asintió con la cabeza, como diciendo: “claro, gilipollas…”
- Perdone, -le dije- póngame una cerveza, por favor.
Ben se giró y en unos segundos me sirvió la cerveza.
- Gracias, -dije.
Me miró tras sus grandes cejas y se volvió. Salió de la barra y se sentó donde estaba.

Bebí de la cerveza, tranquilo. Todo en aquel lugar parecía ir muy despacio. El tipo de la izquierda bebía encorvado y con gestos hostiles. Parecía que estuviese muy lejos de mí, como a cientos de kilómetros, y solo estaba a unos escasos cuatro metros. Ben, en la otra esquina, miraba su cerveza sin fuerza ni gusto. Aún no había bebido nada. Simplemente la miraba.
La televisión, en cierto modo, me molestaba. Solo se oían esas voces narrando cosas, que seguro, nadie quería oír. Me encendí otro cigarrillo y bebí cerveza.

Seguíamos allí los tres. Viejos, cansados y sin futuro. Seguíamos allí los tres con cara de estar preguntándonos a dónde llevaba todo esto. Bebí hasta que solo quedó un trago y me entraron ganas de mear. Miré a mí alrededor, buscando los lavabos. Vi una puerta muy cerca del tipo de la izquierda, pero no tenía ningún letrero. Miré al tipo y dije:
- Perdone, ¿el servicio?
El tío me miró y me dijo:
- Esa puerta de ahí.
Me levanté y fui hasta la puerta. La abrí y entré. Dentro solo había un retrete y colgando de la pared, medio espejo. Por supuesto, el habitáculo estaba repleto de una cantidad considerable de mierda. Meé y no me lavé las manos, porque no había dónde lavárselas. Tampoco tiré de la cadena por lo mismo. Salí de allí y vi que solo estaba Ben. El otro tipo ya no estaba. En su sitio estaba su copa vacía. Me acerqué a mí sitio y me terminé el trago que me quedaba. Entonces Ben se giró y se me quedó mirando. Yo le miré y le hice el gesto de “otra ronda”. Se levantó, entró en la barra y me sirvió otra cerveza. Acto seguido volvió a su sitio andando lento y en silencio, cabizbajo y pensativo.

Bebí mirando una mancha que había en la barra. Parecía una mano, una gran mano abierta esperando algo. Alcé la cerveza y la coloqué sobre la mano.
Un tipo entró en el bar y se sentó por la izquierda, muy cerca de donde había estado el otro. Miró a su alrededor, me miró a mí, miró a Ben, miró la televisión y se encendió un cigarrillo. Noté como esperaba al camarero. Le miré de reojo y en su cara vi una evidente duda. Estuvimos un rato en silencio, los tres. Hasta que habló.
- Oye, ¿Sabéis donde está el camarero?
Solté una pequeña sonrisa, di un trago y le dije:
- Ben es el camarero…
El tío me miró y me dijo:
- ¿Y dónde está?
- Ahí, -dije señalando a Ben.
El tipo miró a Ben y le dijo:
- Perdone, póngame un whisky.
- Creo que no puede oírte, -le dije- es sordo.
El tío me miró extrañado y me dijo:
- ¿Sordo?
- Sí, sordo…
Se levantó y se acercó hasta Ben. Ben le miró y el tío comenzó a gesticular de manera ridícula y a gritar.
- ¡Ehhmm… quiero beber… whisky! ¡Whisky! ¿Me entiendes?
- No hace falta que grites, -le dije yo- puede leer los labios.
El tipo se giró y me dijo:
- ¿Cómo?
- Simplemente háblale, -dije- te entiende si te lee los labios.
Entonces el tipo le pidió el whisky y volvió a su sitio. Ben se metió en la barra y comenzó a preparar la copa. Mientras lo hacía, me miró y tras su gran barba blanca soltó una sonrisa. Le dio la copa al tío y volvió a su sitio, lento y cabizbajo. Yo me terminé la cerveza, me levanté, dejé un billete sobre la barra y busqué con la mirada los ojos de Ben. Me miró y le dije adiós con la mano. Me respondió y volvió a mirar su cerveza. Salí por la puerta cruzándome con un tipo que entraba al bar. Al verlo me fue imposible aguantarme una sonrisa. Me lo imaginé buscando al camarero y hablando con alguien sordo sin saber como pedirle una copa. Pero ante todo, lo importante era que no se rompiese el ciclo.

adelante

...que comience la aventura...