Bebo. Fumo. Trabajo.
Me encuentro trabajando. Estoy sentado en un taburete, justo en la única entrada a la barra, la espalda me pesa, los ojos me escuecen levemente, pero no me apetece encender el estractor de humos y una copa de vino descansa junto a mi acompañada de un pitillo de liar. No hay mucha gente. A lo largo de la noche si que me han dado trabajo, pero la mayoría se ha ido ya y los que quedan ya están servidos y listos para irse a casa. A mi aún me queda un buen rato. Exactamente limpiar las barras, las mesas, todos los vasos, la máquina de café, el grifo de cerveza y tirar las bolsas de basura.
Frente a mi se encuentra un tipo bebiendo. No tendrá muchos más años que yo, se le ve alguien joven. Una calvicie le crece en el coco, y bebe de su tercio, tranquilo, impasible, mirando a uno y otro lado con cara de preguntarse qué coño hace alguien tan joven como él solo en un bar, tan tarde, cuando podría estar con alguna chica disfrutando de los placeres de las caricias, los besos, los supiros, ya sabes...
Bebo.
Fumo.
Este tipo está tan cerca (a un metro escaso) que podría estirar el brazo y tocarle. Podría escupirle y darle de lleno en la mejilla izquierda, podría eruptar y olería el jamón serrano de la cena y el vino tinto barato. Ni se inmuta por el echo de que esté tecleando, mirando y pensanso tan cerca de él.
Un grupo de guiris se levanta y se va. Me levanto, bajo la pantalla del portatil y me acerco a la mesa. Junto todos los vasos en una de las mesas, limpio las mesas restantes, las coloco en su sitio y acerco todos los vasos a la barra. En ese momento el tipo raro baja del taburete, se coloca su gorra y se va. Se despide, fugazmente, pero se despide; y yo hago lo mismo. Viene otro nuevo, me pide una guines, se la pongo y veo que el otro tipo ha dejado los treinta céntimos que le han sobrado del tercio. De hecho, creo que no los ha tocado en toda la noche. Me los echo al bolsillo. Recogo las mesas, las limpio y las coloco; y viene un grupo nuevo y se sientan justo ahí. Me descolocan todas las mesas y se sientan. Me acerco, se tiran al menos cinco minutos pensando qué coño quieren, dudando entre los diferentes tipos de cervezas. Al final se aclaran y les sirvo. Enciendo el estractor y vuelvo a sentarme. Fumo. Bebo. Escribro: "un grupo de guiris se levanta..."
Es mi primera noche solo desde hace mucho tiempo. Los cambios de turnos me han venido muy bien. Ahora, los miércoles curro solo y cierro solo. Es mejor que currar con mi otro compañero y aguantarlo borracho contándome mierdas que no me importan. No es que sea del tipo "no me interesa lo que cuente, pero al menos le escucho y presto atención". No. Es que no soporto las cosas que dice. Son cosas que no me importan para nada. Absolutamente para nada. Pero bueno, ya me lo quité de encima, ya no curro más con él.
Fumo.
Bebo.
De fondo suena la cabra mecánica. La he puesto justo cuando estaba sirviendo las cervezas del grupo nuevo. También, mientras hacía eso, he cerrado la puerta con llave. Ya no es necesario que venga nadie más. Ya basta por hoy.
De la mesa del fondo se levanta una pareja mayor. Ella es una mujer estilizada, con dinero, un bolso caro, zapatos de tacón, un abrigo corto y blanco que no le sienta muy bien y unos labios mal pintados. Él lleva una gabardina negra, es serio, pone cara de interesante y se despide casi sin que le oiga. Yo no digo nada. Me acerco a la puerta, la abro, se van. Ella se había tomado un gin tonic y el dos jameson con agua. Fumo. Bebo. Me lavanto a recoger la mesa.
Sin saber por qué me lavanto y me pongo a limpiar la cafetera. Es sencillo. Guarda la leche, la leche condesada, el chocolate y la nata en el frío. Vacía el cajón del café, limpia los cacillos, limpia los grifos con un cacillo y un tapón ciego. Vacía las jarras, llénalas de agua caliente, espera y mientras tanto limpia la máquina por fuera con papel y limpiacritales. Reluciente. Friega los cacillos y las jarras. Y lo colocas todo como si nada hubiese pasado.
La mesa que llegó hace un rato se va. Les cobro, sigo con la fregaza y cuando me quiero dar cuenta una de las chicas está en mi portátil y me dice con acento argentino (al parecer son argentinos) "voy a mirar mi correo". Bueno, pienso. Sus amigos se rien por su cara dura. A mi no me importa. Lo mira y se van. Es curioso, hasta que llegó ella internet no conectaba.
Al final limpio lo que me queda. La gente se va (dos parejas que quedaban). Me dan las gracias, nos despedimos y cierro. Entonces alguien aporrea la puerta. Es una pareja de "indigentes", me piden a gritos un paquete de camel. Abro unos centímetros, me enseñan un billete de cinco, lo cojo, cierro, lo cambio y saco un paquete. Abro la puerta de nuevo y le doy los cigarrillos. Cierro y me vuelvo y aporrean de nuevo la puerta. Me piden fuego, le dejo mi mechero y me dicen que se lo de, que están en la calle, que les haga el favor, que venga hombre. Joder, digo que es mio, que no me dejen sin mechero. Ni puto caso, que estamos en la calle, que vamos, que venga. Se lo doy y lo único que se me ocurre pensar es "hijos de puta".
Hago la caja. Casi quinientos euros de mierda. Me siento de nuevo, enciendo mi último pitillo y bebo de mi segunda o tercera copa y escribo, y escribo, y escribo solo y rodeado del ruido de las cámaras, bajo la única luz ya encendida y deseando que se haga de día para que vuelva a ser de noche y dormir con ella.
