Papeles perdidos, noches de antaño y recuerdos quemados...
[ He encontrado unas páginas ya olvidadas. Las escribió un chico normal. Ya sabéis, un chico simpático, de lo más normal, con amigos, una novia preciosa, muchos años por delante y muchas ganas de vivir. Pero que al parecer una noche no tenía nada de aquello, y se sorprendió a si mismo solo, sin amigos ni novia, borracho y escribiendo esto bajo la luz de la lamparilla. Fue una mala época... el no tiene la culpa; es el mundo, que no le entiende. ]
Es sorprendente ver como aún disfrutas con aquello que olvidaste.
En el Mercadona siempre es lo mismo. Es curioso, pero cuando entras al supermercado y decides, en cuestión de segundos, lo que vas a necesitar para el resto de la noche te das cuenta de que aún puedes tener ciertas cosas claras.
Entré en el Mercadona después de despedirme de un colega con el que llevaba toda la tarde. Habíamos bebido y fumado y, puede decirse, que me encontraba del todo bien. Así que de camino a mi casa entré en el Mercadona y sin vacilar ni un segundo me introduje entre los pasillos y las secciones y cogí exactamente lo que necesitaba.
Cerveza, empanadillas y pizza.
El mercadona es el reino de los personajes. Es su universo. Allí se reúnen, e ignorándose unos a otros, realizan sus compras. Puedes encontrarte de todo en la hora punta del Mercadona. Hay solterones vividores, viejas, inmigrantes y parejas; hay amas de casa colocadas de laca hasta el culo y jóvenes sin rumbo y con algunos euros en la cartera. Hay dependientes calvos, dependientas gordas y mal peinadas, tías buenas, viejas con chepa y aburridas y gente que está allí porque es lo único que se les ha ocurrido hacer esa tarde. El Mercadona es todo un mundo.
Entré comprobando el dinero que tenía y en seguida, y después de darme cuenta de que esta noche sería como las de antaño, me decidí a comprar lo indispensable y necesario.
Cerveza, empanadillas y pizza.
En la cola puedes hacerte una idea de cómo es la gente por lo que compra. Dicen que somos lo que comemos, que somos con quién vamos e que incluso somos la mierda con la que nos drogamos. Pero siempre conocerás más a alguien si ves lo que compra justo un viernes a última hora. Así que, siguiendo ésta regla, yo soy ni más ni menos que cerveza, empanadillas y pizza. Y no voy a engañarme… es cierto.
Me imaginaba a la perfección como sería esa noche. Hacía ya tiempo que no vivía una de esas, pero esa sería inevitablemente así. Solitaria. ¿He dicho solitaria? Creo que sí, pero por muy mal que suene es cierto. ¿Qué puedo hacerle?
Supongo que había estado toda la tarde esperando alguna llamada, no sé, alguna señal de vida por parte de aquellos que me importan, pero ya ves, esperar es de ilusos, y yo, bañado en mi ignorancia, esperaba esa llamada o ese mensaje diciendo alguna mierda así como: “eh, qué pasa, ¿qué harás esta noche?… lo decía porque…” . Pero no.
Y ahí estaba yo, realista, aburrido y esperando a que la cajera me atendiese para poder salir corriendo y abrir las empanadillas, tomarme una o dos y andar hacia casa afrontando la inevitable y clásica noche del viernes.
Entonces llegué a casa, solitaria y en silencio como siempre y me hice a la idea de que todo sería como me temía. Esperé un rato. Me aburrí, escuché música, envié un par de mensajes anunciando mi inminente fiesta de cumpleaños del próximo finde y me senté esperando a que pasase algo.
Pero no pasó nada.
Llegaron un par de mensajes. Me dijeron que sí, que claro, qué que coño, que fiesta, pero que esta noche nada de nada. Y así otro, que esta noche nada de nada. Fue como un mensaje en el cielo, como una gran valla de publicidad anunciando algo así como: “esta noche te vas a comer lo mocos” y justo debajo, en letra pequeña, pondría eso de: “tío, espera a que se enfríe la cerveza y espera a pudrirte de asco solo y en silencio en tu inhabitada y triste casa”.
Cerveza, empanadillas y pizza.
La pizza ni siquiera la abrí. Se me quitó el apetito. Me comí las empanadillas y sin dudarlo más abrí un birra algo caliente.
Estaba tan jodido… bueno, jodido no, simplemente nostálgico. No sé, me sentía como antaño. Como esos viernes ya lejanos en los que bebía y tarareaba canciones de los Doors tan borracho y solo en casa que hasta resultaba cómico.
Pasé de esa mierda de apalancarme y beber sin sentido mirando un punto fijo intentado retener una idea que, entre tú y yo, nunca ha servido de nada. Así que sin más dilación me tiré sobre la cama, coloqué el monitor mirándome fijamente y me dispuse a ver esa pequeña obra de arte que llena de ilusiones y frustraciones en cuestión de dos horillas. American Beauty.
No es que sea lo más cojonudo del mundo, pero ya que la encontré por casualidad y dada la falta de fe en mí mismo, era exactamente lo que necesitaba.
No sé, no recuerdo muy bien lo que pasó después. Bueno, sí, vi la peli más borracho que una cuba. Pero no me refería a eso. Me refería a que no sé qué pasó exactamente conmigo después. Me sentía bien, de eso estoy seguro. Joder, reía y lloraba con cada escena de esa gran película, pero exactamente, conmigo, no sé qué pasó. Supongo que estaría bien, o sea, estaba a gusto y eso siempre significa no pensar en nada y concentrarme en mí mismo. Pero bueno, tampoco puedo engañarme; pensaba en este viernes de mierda rodeado de latas de cerveza, en mi casa silenciosa y vacía y en volver a repetir la misma escena de siempre: solo y sin vida mirando un punto fijo más solo que la una y más triste que el silencio (como dijo el poeta).
Después de unas cuantas latas ya todo te da igual. No sabes si tienes sueño y dudas del hecho de aguantar toda la película sin caer dormido. Pero te equivocas una vez más y aguantas, borracho, sudoroso y solitario, una noche más como las de antaño. ¿Y por qué son noches de antaño si vuelven a repetirse? ¿Qué pasa, que estoy condenado a vivir esta mierda de aguantar el peso de toda una casa sin vida sobre mí, y encima borracho y temiendo que jamás nadie más se acuerde de mí? Que cosas, ¿no? Quizás si hubiese fumado alguna mierda no estaría así. Estaría tirado en el sofá, relajado y gilipollas sin pensar en nada. Pero he bebido y al parecer la cerveza activa el cerebro, y le da mil mierdas sobre las que escribir y llenar tu casa del repiqueteo de las teclas, los tragos sin gusto y los suspiros lejanos y cansados.
En el Mercadona siempre es lo mismo. Es curioso, pero cuando entras al supermercado y decides, en cuestión de segundos, lo que vas a necesitar para el resto de la noche te das cuenta de que aún puedes tener ciertas cosas claras.
Entré en el Mercadona después de despedirme de un colega con el que llevaba toda la tarde. Habíamos bebido y fumado y, puede decirse, que me encontraba del todo bien. Así que de camino a mi casa entré en el Mercadona y sin vacilar ni un segundo me introduje entre los pasillos y las secciones y cogí exactamente lo que necesitaba.
Cerveza, empanadillas y pizza.
El mercadona es el reino de los personajes. Es su universo. Allí se reúnen, e ignorándose unos a otros, realizan sus compras. Puedes encontrarte de todo en la hora punta del Mercadona. Hay solterones vividores, viejas, inmigrantes y parejas; hay amas de casa colocadas de laca hasta el culo y jóvenes sin rumbo y con algunos euros en la cartera. Hay dependientes calvos, dependientas gordas y mal peinadas, tías buenas, viejas con chepa y aburridas y gente que está allí porque es lo único que se les ha ocurrido hacer esa tarde. El Mercadona es todo un mundo.
Entré comprobando el dinero que tenía y en seguida, y después de darme cuenta de que esta noche sería como las de antaño, me decidí a comprar lo indispensable y necesario.
Cerveza, empanadillas y pizza.
En la cola puedes hacerte una idea de cómo es la gente por lo que compra. Dicen que somos lo que comemos, que somos con quién vamos e que incluso somos la mierda con la que nos drogamos. Pero siempre conocerás más a alguien si ves lo que compra justo un viernes a última hora. Así que, siguiendo ésta regla, yo soy ni más ni menos que cerveza, empanadillas y pizza. Y no voy a engañarme… es cierto.
Me imaginaba a la perfección como sería esa noche. Hacía ya tiempo que no vivía una de esas, pero esa sería inevitablemente así. Solitaria. ¿He dicho solitaria? Creo que sí, pero por muy mal que suene es cierto. ¿Qué puedo hacerle?
Supongo que había estado toda la tarde esperando alguna llamada, no sé, alguna señal de vida por parte de aquellos que me importan, pero ya ves, esperar es de ilusos, y yo, bañado en mi ignorancia, esperaba esa llamada o ese mensaje diciendo alguna mierda así como: “eh, qué pasa, ¿qué harás esta noche?… lo decía porque…” . Pero no.
Y ahí estaba yo, realista, aburrido y esperando a que la cajera me atendiese para poder salir corriendo y abrir las empanadillas, tomarme una o dos y andar hacia casa afrontando la inevitable y clásica noche del viernes.
Entonces llegué a casa, solitaria y en silencio como siempre y me hice a la idea de que todo sería como me temía. Esperé un rato. Me aburrí, escuché música, envié un par de mensajes anunciando mi inminente fiesta de cumpleaños del próximo finde y me senté esperando a que pasase algo.
Pero no pasó nada.
Llegaron un par de mensajes. Me dijeron que sí, que claro, qué que coño, que fiesta, pero que esta noche nada de nada. Y así otro, que esta noche nada de nada. Fue como un mensaje en el cielo, como una gran valla de publicidad anunciando algo así como: “esta noche te vas a comer lo mocos” y justo debajo, en letra pequeña, pondría eso de: “tío, espera a que se enfríe la cerveza y espera a pudrirte de asco solo y en silencio en tu inhabitada y triste casa”.
Cerveza, empanadillas y pizza.
La pizza ni siquiera la abrí. Se me quitó el apetito. Me comí las empanadillas y sin dudarlo más abrí un birra algo caliente.
Estaba tan jodido… bueno, jodido no, simplemente nostálgico. No sé, me sentía como antaño. Como esos viernes ya lejanos en los que bebía y tarareaba canciones de los Doors tan borracho y solo en casa que hasta resultaba cómico.
Pasé de esa mierda de apalancarme y beber sin sentido mirando un punto fijo intentado retener una idea que, entre tú y yo, nunca ha servido de nada. Así que sin más dilación me tiré sobre la cama, coloqué el monitor mirándome fijamente y me dispuse a ver esa pequeña obra de arte que llena de ilusiones y frustraciones en cuestión de dos horillas. American Beauty.
No es que sea lo más cojonudo del mundo, pero ya que la encontré por casualidad y dada la falta de fe en mí mismo, era exactamente lo que necesitaba.
No sé, no recuerdo muy bien lo que pasó después. Bueno, sí, vi la peli más borracho que una cuba. Pero no me refería a eso. Me refería a que no sé qué pasó exactamente conmigo después. Me sentía bien, de eso estoy seguro. Joder, reía y lloraba con cada escena de esa gran película, pero exactamente, conmigo, no sé qué pasó. Supongo que estaría bien, o sea, estaba a gusto y eso siempre significa no pensar en nada y concentrarme en mí mismo. Pero bueno, tampoco puedo engañarme; pensaba en este viernes de mierda rodeado de latas de cerveza, en mi casa silenciosa y vacía y en volver a repetir la misma escena de siempre: solo y sin vida mirando un punto fijo más solo que la una y más triste que el silencio (como dijo el poeta).
Después de unas cuantas latas ya todo te da igual. No sabes si tienes sueño y dudas del hecho de aguantar toda la película sin caer dormido. Pero te equivocas una vez más y aguantas, borracho, sudoroso y solitario, una noche más como las de antaño. ¿Y por qué son noches de antaño si vuelven a repetirse? ¿Qué pasa, que estoy condenado a vivir esta mierda de aguantar el peso de toda una casa sin vida sobre mí, y encima borracho y temiendo que jamás nadie más se acuerde de mí? Que cosas, ¿no? Quizás si hubiese fumado alguna mierda no estaría así. Estaría tirado en el sofá, relajado y gilipollas sin pensar en nada. Pero he bebido y al parecer la cerveza activa el cerebro, y le da mil mierdas sobre las que escribir y llenar tu casa del repiqueteo de las teclas, los tragos sin gusto y los suspiros lejanos y cansados.

1 Comments:
divinofrenetismo = paquete de lucky + chocolate lindt + mahou clásica
p.d.: mañana empiezo las clases, así que si te conectas mándame un mail... echo de menos hablar contigo ;)
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