Esperando en La Espinaca Roja.
[ El otro día, junto con mis colegas, en una noche de borrachera y conversaciones sobre cine, viajes en el tiempo y frikadas varias; inventamos un "juego". La cosa era sencilla, escribir cada uno una palabra en un papel para cada uno de nosotros, y después escribir un relatillo con dichas palabras. Las mías eran estas: coco, Riders on the storm, paradoja temporal, aeropuerto, espinaca, Marcus Condor. ] Ahí lo tienen.
Acababa de terminarme el Tropical Soul cuando un tipo, desde el otro lado de la barra, gritó dirigiéndose a mí:
- ¡Eh! ¿Llevas fuego?
Dije que sí con la cabeza. El tipo se levantó, recorrió los diez metros de la barra, se plantó ante mi y sacó un cigarrillo. Encendí el mechero y se lo acerqué.
- Gracias, -dijo.
Yo no dije nada. Busqué al camarero con la mirada y le dije que me pusiese otra cóctel. El Tropical Soul estaba de puta madre. No sabía que coño llevaba exactamente, pero distinguía cierto sabor a coco que me gustaba.
El sitio era un antro. Un antro que servía unos cócteles cojonudos. Estaba totalmente vacío, salvo por el tipo sin fuego, un viejo que dormía en una de las mesas, yo y por supuesto el camarero, que leía el periódico sentado tras la barra, fumando un cigarrillo y suspirando con cada página que leía. Y en un vieja radio, escondida tras unas botellas y cubierta de polvo, sonaba la canción de Riders on the Storm de Los Doors. El sitio estaba en mitad de una carretera que no llevaba a ninguna parte, justo en frente del aeropuerto, y allí no solían ir más que camioneros, viajeros sin rumbo y desgraciados como yo. Se llamaba "La espinaca roja", y lucía un gran letrero con luces rojas y un dibujo, también de luces, que simulaba un puñado de espinacas, pero que parecía mas bien un pedazo de mierda. Un gran pedazo de mierda roja luminosa.
No sé que hacía realmente allí. Bueno, sí, estaba allí por negocios, pero no sabía que cojones pintaba yo allí, esperando a alquien que no conocía para darle algo que seguramente ya estaría muerto en mi camioneta. Era solo un trabajo, pero el echo de llevar en la camioneta un mono Cebus olivaceus, un mono capuccino de Africa, una especie protegida y en peligro de extinción, me ponía los pelos de punta. Era bastante extraño. Tenía que entregárselo a Marcus Condor, presidente y creador de las lineas de vuelo Condor Fast, cuyo aeropuerto estaba justo en frente del gran pedazo de mierda rojo que iluminaba aquel antro.
El mono dejó de gritar, de saltar y de golpear los cristales, justo cuando paré el coche. O estaba muerto o más tranquilo. A mi, sinceramente, me la sudaba. Se supone que hay llevar a cabo bastante papeleo e historias de esas para que se pueda "comercializar" con especies exóticas, pero al parecer al señor Condor le salía más rentable hacerlo a "su manera". Así que allí estaba yo, el repartidor gilipollas de la mafia local entregando con sumo cuidado un paquete especial para alguien de la familia.
Justo cuando la canción de los Doors llegó a ese trozo en el que solo se oye el organillo, el camarero, aún con su cigarro en la boca, me sirvió el cóctel. Era un sitio cutre, con vasos mugrientos, hielo barato, un camarero sucio, una considerable peste a deshague roto y un ambiente como de entierro, pero el puto cóctel estaba delicioso.
Al rato, y después de pensar que llevaba allí más de media hora, me levanté y salí a la puerta para ver si el mono seguía con vida. Fingía que no me importaba, pero la verdad es que estaba cagado de miedo por si le pasaba algo; que tampoco pasaba nada, porque si no era un mono de Africa, lo cambiarían por una serpiente de China, una rata bailarina de Taití o un loro verde de circo del Caribe.
Me acerqué a la camioneta, puse la oreja contra el crital ahumado y escuché, pero no oí nada. Di unos golpes y entonces un ruido salió de dentro. Sin duda era el mono. Así que me volví y entré de nuevo al bar.
Marcus tardaba en venir, por lo que empecé a ponerme nervioso. Volvía a salir a los cinco minutos e hice la misma operación. Al rato repetí. Salí, esccuhaba, golpeaba y me volvía aliviado. Cada vez que me acercba a la camioneta, mis golpes eran más fuertes y el susto del mono mayor. Me lo imanaba ahí dentro, el pobrecillo, enjaulado, a oscuras, pasando frío y asustándose cada dos por tres porque un hijo puta no paraba de golpear la camioneta. Y siempre volvía a hacerlo todo de nuevo. Y Marcus sin aparecer. Salía y entraba. Salía y entraba. Salía, jodía y entraba y tenía la extraña sensación de haber vivido cada uno de mis gestos, pensamientos y acciones. Era como una de esas extrañas paradojas temporales. Así que cuando ya no podía estar más paranóico, dejé de hacerlo, me senté en la barra, decidí no volver a levantarme, me pedí otro Tropical Soul y esperé.
Nada. Marcus Condor, presidente y jefe supremo de las líneas aéreas Condor Fast, las más rápidas, fiables y cercanas (como decía el anuncio), no aparecía. Así que decidí terminarme el cóctel y salir de allí. Y ya en el coche decidiría que haría con el puto mono: si llevarlo de vuelta y que mis jefes me jodiesen, dejarlo en mitad de la carretera, pegarle un tiro y servirlo en una barbacoa el próximo sábado o seguir jodiéndolo con los golpecitos en el cristal.

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