[encontrado rebuscando]
-Algún día, Billy. Algún día seré alguien importante.
Allí estábamos de nuevo, Billy y yo. El pequeño Bill y yo hablando de las cosas que nos llenan y vacían la vida entera, como decía Cela.
- Algún día, -le decía- me olvidaré de esta mierda de trabajo y seré el tipo más importante de la ciudad.
Estábamos en el sexto piso de una obra en construcción. Almorzábamos. Todos los demás estaban abajo, en la sombra, admirando a todas las chicas que pasaban por la acera. Yo era un albañil. Un simple peón. Un currante más. Llevaba toda mi vida trabajando en lo mismo. Levantándome temprano, antes que el sol, y yendo a la otra punta de la ciudad para no volver hasta bien entrada la noche.
- ¿Sabes, Billy? Tendré todo lo que desee. Dios, tendré grandes mansiones, arriba, en colinas muy altas, y llegaré hasta ellas en coches tan brillantes como el sol. Mis casas tendrán cientos de habitaciones. ¿Sabes? Habrá una de esas grandes alfombras en el recibidor y cientos de cuadros por todas las paredes de la casa.
- ¿Para qué quieres tantos cuadros? –me preguntaba Billy.
- Joder, chico. Los cuadros son para gente con clase, y yo tendré clase. Seré el hijo de puta más rico y con más clase y estilo de la ciudad.
Billy llevaba trabajando con nosotros desde hacía unos meses. Era joven. No había estudiado y su padre le obligaba a trabajar en la construcción para llevar algo de dinero a casa. Creo que su viejo no trabajaba. Tenía una minusvalía. Y su madre, según me había contando, estaba un poco loca y nunca sabía que día era y había que repetirle las cosas cada dos por tres.
- ¿Has visto alguna vez una de esas piscinas de las olimpiadas?
- Sí, -me decía- en la tele.
- Pues también tendré una de esas. Tendré una tan grande que cabrá un puto barco dentro de ella.
- Necesitarás un jardín muy grande, -decía Billy.
- No hace falta. Será una piscina cubierta. Estará dentro de la casa. Así podré bañarme en invierno.
- Vaya, -decía con una sonrisa en la cara- bañarse en una piscina en invierno tiene que estar muy bien.
- Claro que sí, chico. Claro que sí.
Construíamos una planta por semana. Nos tirábamos todo el santo día trabajando como animales. Bajo el sol, el calor, el frío, el viento o lo que fuese. Trabajábamos sin parar. Todo el puto día sin parar. Muchos días, a la hora de comer, me bebía toda la cerveza que podía, porque o si no, me era imposible aguantar una hora más trabajando. Así que solía trabajar la mayor parte del tiempo borracho. Odiaba todos y cada uno de lo minutos que pasaba allí. Me reventaba aguantar toda la mierda que cubría mi cuerpo, todo el polvo, la peste, el calor, la sed, el hambre, el cansancio… Muchas veces, empapado en sudor, con los músculos engarrotados y las agujetas del día anterior, me daban ganas de llorar. Me daban ganas de llorar arrepentido por la vida que había elegido.
Billy escuchaba mis historias muy atento. Mientras comíamos uno insípidos bocadillos y descansábamos los músculos, yo le contaba la vida perfecta:
- En mi salón, un salón tan grande como toda ésta planta entera, tendré una televisión tan gigante como una pantalla de cine. Tendré un bar para mí solo y en él trabajará un camarero durante todo el día. Oh Dios mío, -decía con los ojos brillantes, vidriosos por las lágrimas- cada noche me pondré hasta el culo de toda la mierda que pueda y follaré con una tía distinta cada vez. Dios, cuando lo desee, en cualquier momento del día, me follaré a una de esas bellezas asiáticas y después fumaré de grandes puros habanos importados directamente a mi mansión.
Yo vivía en un diminuto piso de un barrio repleto de extranjeros. Los vecinos de arriba eran unos africanos que no paraban de hacer ruido día y noche, y los de abajo eran unos latinos que no paraba de discutir en todo el puto día, y justo en mitad de la noche se ponían a follar armando un escándalo insoportable. Tenía una de esas pequeñas neveras de hotel. Mi cama parecía una puta esponja gigante, dónde era imposible descansar. Había humedades por todas las esquinas. Era raro el día que las sirenas de los policías no llenaban la calle. Los contenedores de basura ardían cada noche y no paraban hasta la mañana. La basura decoraba mi cocina, la cuál pertenecía a las cucarachas. Mi coche era un pedazo de mierda que con cada cambio de marcha soltaba unas explosiones dignas de la guerra. Cada mañana que salía de mi casa tenía que colocar estratégicamente una botella de cristal detrás de la puerta, y así cuando volvía sabía si alguien había entrado. No me molestaba el robo, no tenía nada. Me molestaba que entrase algún yonqui o algún hijo de puta y utilizase mi cama para follar, y no sería la primera vez que me encuentro condones por ahí.
- Montaré fiestas con música en directo, -le contaba a Billy- habrá grandes vinos de reserva, estanterías llenas del mejor whisky, cajones repletos de puros y armarios hasta arriba de todo tipo de drogas. Montaré orgías en mis mejores fiestas y nadie, absolutamente nadie, se olvidará de mi nombre y todos me tratarán como si fuese el jodido presidente del país.
Las mujeres escaseaban. Bueno, las mujeres no existían. Muchos de los chicos de la obra se iban juntos los fines de semana a clubes de putas, pero yo nunca iba. Todas me recordaban a las mujeres de mi barrio.
También trabajaba los sábados y sólo tenía el domingo libre. Muchos domingos me tiraba todo el día durmiendo, recuperando horas de sueños perdidas, entonces me despertaba a media tarde y ya por la noche no podía dormir, así que me tiraba toda la noche despierto escuchando como follaban los de abajo.
- ¿Y qué me dices del trabajo? –me preguntaba Billy.
- Oh, sí, el trabajo, -decía yo.- Verás, cada mañana me despertaré con música clásica, me ducharé en grandes bañeras tan blancas y limpias como la nieve y me vestiré con impecables trajes de las marcas más caras. Tendré cientos de corbatas y camisas lisas. Iré a mis oficinas del centro, saludaré a todo el mundo con mi cara inexpresiva y todos me sonreirán, alabarán y meterán su lengua en mi culo hasta que yo los mande a la mierda. Por Dios, a media mañana vendrá alguna chica con ganas de ascender a hacerme una mamada y convocaré reuniones donde mi asiento esté al final de una mesa de un diseño totalmente vanguardista.
Llevaba la misma ropa durante toda la semana. Era una ropa sucia y acartonada. Apestaba. Cuando ya no podía soportarla más la llevaba a una lavandería. Entonces, con la ropa completamente limpia, me aseaba, me afeitaba y me peinaba e iba a darme paseos por el centro de la ciudad. Recuerdo que andaba con la espalda recta, siempre mirando al frente, con una estúpida sonrisa y un andar algo cómico. Intentaba ser como ellos, pero siempre resultaba inútil. Muchas veces notaba como las parejas se apartaban de mi camino mirándome de reojo. Notaba como las mujeres se agarraban al brazo de sus maridos nada más verme.
- ¿Y no tendrás una mujer? ¿Una esposa? –preguntaba Billy maravillado por la vida perfecta.
- No, joder, no. Mira, -le explicaba- habrá una o dos tías con las que quede de vez en cuando para cenar. Serán auténticos bombones. Serán diosas. Serán mujeres absolutamente preciosas, magníficamente bien echas. Quitarán el hipo y alguna que otra vez me pondrán tan nervioso que me será imposible follar con ellas, pero no habrá ningún problema, porque utilizaré alguna mierda que me ponga a tono y nos tiraremos la noche y el día enteros en la cama, rodeados de los mejores placeres. Siempre que quede con ellas les regalaré joyas perfectas que después lucirán en galas benéficas junto a mí.
La vida perfecta. Siempre soñando con la vida perfecta que nunca llegó. Yo ya estoy muerto y no deseo nada de eso. Ahora Billy, Bill, el hombre, es el que cuenta a los chicos como es la vida a la que aspira. Les da un sueño y algo en lo que pensar mientras el sudor y la peste se apodera de ellos mientras amontonan ladrillos. Yo morí, hace ya años, morí y nadie lloró por mí. Caí desde un sexto o séptimo piso. Caí y me partí el cuello. Creo que no prestaba mucha atención a lo que hacía, me descolgué, me resbalé y me acerqué tan rápido al suelo que no me dio tiempo ni a gritar. Dicen que tu vida pasa ante tus ojos antes de morir. Yo no vi nada de eso. No vi ni mi casa, ni mi perdida familia, ni mi coche, ni mi trabajo, ni nada que tenga que ver con esa vida. Recuerdo que vi grandes piscinas. Recuerdo que vi bellas mujeres y fiestas maravillosas. Vi drogas y risas. Coches, mansiones, noches perfectas. Vi dinero y camisas lisas. Vi bañeras gigantes tan blancas como las nubes. Oí una música clásica de fondo, noté la brisa del monte y oí el motor perfecto del mejor coche. Vi la vida perfecta. La vida perfecta antes de morir.