9.30.2006

Débil (Primera parte)

Me terminé la cerveza, la pagué y me fui. Llevaba allí toda la tarde y ya era hora de hacer algo de provecho. Salí del bar despidiéndome del camarero. Llegué hasta mi coche, lo puse en marcha y conduje hasta mi casa. Tenía que dar señales de vida. Martha me estaba esperando en casa y no le gustaba que pasase tanto tiempo fuera. Martha tenía el culo más precioso que he tocado nunca. Sus pechos eran pequeños y sus labios pura miel. Nunca entendí por qué perdía el tiempo con un tipo como yo. Follaba como los ángeles y era insaciable. El problema era que hablaba mucho. Desde que entraba por la puerta no paraba de hablar hasta que nos dormíamos. Hasta hablaba mientras follábamos. Hablaba y hablaba sin parar. Hablaba de mierdas que no tenían ninguna importancia, de cosas totalmente ridículas y sin sentido. A mí nunca me importaba que cojones fuera a hacerse en el pelo o que coño quisiera hacer con su última paga.
Llegué a casa, aparqué en la acera, entré en el portal del edificio y llamé al ascensor. Cuando abrí la puerta de casa, ella estaba esperándome en la entrada. Me miró y me dijo:
—¿Te parece ésta una buena hora de llegar? Llevo esperándote toda la tarde.
—¿Y para qué coño me estabas esperando?
—¿No dijimos que esta tarde iríamos a ver a mi madre?
—Joder, se me olvidó. Haber ido tú sola.
—Eres un gilipollas, no sé como te aguanto.
—Eso mismo me preguntaba yo.
Fui directo al salón, me tiré sobre el sofá y saqué un cigarrillo.
—Te tengo dicho que no fumes en casa, —me dijo.
No hice ni puto caso. Me lo encendí y fumé.
—¿Y el hombre de la casa deseará que le haga la cena, no? Estoy harta.
—No, joder, no me hagas la cena. Déjame.
No paraba de hablar. Todo el puto día igual. Todo el puto día detrás de mí. Jodiendo y hablando, jodiendo y hablando, jodiendo y hablando.
—Mañana, sin falta, tienes que ir al banco.
—Joder, que pesadita con el banco.
Llevaba toda la santa semana con la historia del banco. Yo no quería ir al banco para que un tipo con gafas baratas y caspa en el pelo se enterase de la mierda que gano cada mes y encima me la restregase por la cara. Martha se fue a la cocina. Yo respiré unos segundos de paz. Encendí la tele y puse el combate de boxeo.
—¿Quieres uno o dos filetes? —me gritó Martha desde la cocina.
—¿Pues no decías que no me harías la cena? —dije yo.
—¿Cuántos?
—¡Dos, dos filetes!
Anderson le estaba dando una paliza a Ronald. Anderson era una mole de color negro brillante soltando hostias a diestro y siniestro. Mientras que Ronald, tras su flácida carne, se escondía recibiendo palos como un perro vagabundo. Yo iba con Ronald. No sé por qué pero iba con Ronald. Los débiles acaban ganando siempre. Sin saber por qué ni como, pero siempre ganan.
Martha apareció en el salón, por supuesto, hablando.
—Esta mañana he visto a tu jefe.
—¿Dónde están los filetes?
—Levaba un traje azul oscuro y una corbata a rayas.
—Se te van a quemar los filetes.
—¿Es que tú no puedes ir al trabajo tan bien arreglado como tu jefe?
—Martha, los filetes.
—Tú nunca serás como tu jefe.
—Joder, Martha, mi jefe es un putero de mierda adicto a la cocaína barata.
Martha se cayó, se dio la vuelta y volvió a la cocina.
Iban por el cuarto combate y Ronald tenía la cara tan destrozada que parecía un monstruo deforme. Apagué el cigarrillo y fui a la cocina a por una cerveza.
—He hecho verduras. —Dijo Martha justo cuando entré en la cocina.— He leído que hay que comer verduras por lo menos una vez cada dos días.
—Vale, —dije yo.
Cogí una cerveza y volví al salón. Mientras me iba, le oí decir:
—También he leído que…
La ignoré y me tumbé frente a la tele. Cada día me hacía un resumen de todo lo que leía en esas absurdas revistas. La gente se cree todo lo que lee. Y sobretodo las mujeres. Si una revista les dice que hay que comer mierda, ellas la comen. Si un libro les narra lo malos que son los hombres, ellas durante una semana nos odian y se vuelven autosuficientes y cutre-feministas. La mujer es la nueva raza sobre la tierra. Nosotros la hemos desecho y destrozado y ahora a ellas les toca re-hacerla y ordenarla según dicten las revistas de interiores.
Bebí cerveza mientras veía el combate. Ronald se tambaleaba alrededor del ring como si de un borracho se tratase. Anderson movía las piernas tan rápido que me era imposible verlas. Parecía hecho de puro hierro. Sus brazos eran por lo menos tan grandes como mi cabeza, y su cara, con esa gran nariz aplastada y esos ojos inyectados en sangre, reflejaba el más grande de todos lo odios. Ese negro se estaba cobrando siglos y siglos de injusticias. Martha me gritó desde la cocina:
—¡La cena está lista!
—¿No podemos cenar en el salón? —grité yo.
Ella apareció de pronto en el salón.
—¡No, no podemos! Siempre tengo que recoger yo sola toda la casa.
—Nunca me dejas ayudarte. Y no lo entiendo.
—Sí, claro, ahora hazte el niño bueno.
Es cierto. Me insistía en no dejarme ayudarle. Nunca he entendido a las mujeres. Puse mi mejor cara y dije:
—Venga cariño, solo por esta noche.
Me levanté y la lleve hasta la cocina. La cogí de la cintura un segundo. Eso les hace sentirse seguras. En un momento puse los platos en unas bandejas y fuimos hasta el salón. Minutos después cenábamos viendo la tele. Viendo el combate.
—¿Otra vez combate? —preguntó.
—Sí, otra vez combate.
Ronald parecía llorar sangre. Anderson, sin preocuparse de estar destrozando la cabeza de un hombre de por vida, pegaba sin descanso.
—Odio este deporte. No lo entiendo. ¿Por qué tienen que pegarse? —dijo Martha.
—No lo sé. Yo tampoco lo entiendo. Se pegan por que quieren.
—¿Y te gusta? —preguntó.

No contesté. Los filetes estaban buenos, pero las verduras estaban asquerosas. Comí algunas y me dejé las demás. Acabó el quinto combate y Anderson sonrió. Ronald ya no tenía boca.
—He estado pesando que este fin de semana podríamos ir al campo. —Dijo Martha.
—¿Al campo? ¿Para qué?
—¿Para qué va a ser? Para respirar aire limpio. Para dormir sin tanto ruido cada noche y para divertirnos un poco.
—No hay aire limpio en ningún sitio, Martha.
—Claro, porque tú lo digas.
El sexto combate comenzó. Ronald parecía un zombi. En cierto modo daba asco. Asco y pena. Anderson parecía que acababa de salir de la ducha. El muy cabrón estaba perfectamente. Las chicas, desde los asientos de abajo, le gritaban y deseaban.
—Creo que el negro va a ganar, sin ninguna duda. —Dijo Martha.
—No lo creo. Tiene que ganar el otro.
—Pero si está hecho mierda.
—Por eso. Está aguantando lo imposible. El tío ya no tiene rostro, pero aún así aguanta todos los puñetazos. Es un tipo duro.
—Ya, —dijo ella— pero gana el que tumbe al otro, no el que aguante más golpes.
—Ese es el problema, cariño.
Justo cuando me terminé el último filete, Anderson le soltó un derechazo a Ronald que le hizo rebotar contra las cuerdas. Su cuerpo, casi ya inerte, volvió hacia Anderson y éste le pegó otro derechazo en plena cara. Ronald voló unos segundos sobre el ring y cayó al suelo rebotando. Está muerto, pensé. Su pierna temblaba bruscamente mientras que Anderson saltaba y sonreía celebrando su triunfo. Un montón de gente saltó al ring y rodearon a Ronald. Todos con cara de una evidente preocupación. Entonces Martha cambió de canal.
—¿Qué coño haces? —dije.
—Me niego a ver ese tipo de violencia en mi casa. La tele solo muestra violencia y más violencia.
—¿Qué?
—¿Sabes que los niños pueden llegar a ver más de mil asesinatos, solo en su juventud, por la tele?
—¿Pero de qué coño hablas? Nosotros no tenemos hijos.
—Da igual. No permitiré que en mi casa se vean esas cosas.
—Joder, pero si no es tú casa. Es una casa alquilada.
Se levantó, cogió las bandejas y se fue a la cocina. Cogí inmediatamente el mando y cambié de canal, pero ya habían quitado el combate. Apagué la tele y me encendí un cigarro. A los pocos minutos, Martha entró al salón y dijo:
—¿Nos acostamos ya?
—Acuéstate cuando quieras.
—Quiero acostarme contigo.
Entonces puso una de sus caras. De esas que ponía cuando éramos más jóvenes. De esas que me ponen cachondísimo.
—Vamos… —dije.
Apagué el cigarro y fuimos hasta la habitación y allí comencé a desnudarme. Ella entró al baño y al rato salió con uno de sus camisones. No hay cosa en el mundo que me ponga más que un buen camisón en un buen cuerpo. Cuando salió del baño yo estaba en la cama. Se acercó y antes de besarme dijo:
—Será mejor que te des una ducha.
Que remedio. Fui al baño y me duché. Estuve varios minutos quitándome días de duro trabajo de encima. Cuando salí ella estaba tumbada en la cama. Me metí con ella, le acerqué mi cuerpo y le extendí mi brazo por encima. Ella lo apartó y dijo:
—No me apetece cariño… mañana por la mañana.
Joder, otra noche perdida.
—Venga guapa. —Dije acercándome un poco más.
—He dicho que no.
Vaya mierda. Seguro que todo esto lo aprende de sus revistas, pensé. Me alejé de ella y dormí mirando al otro lado. Soñé con visiones extrañas. Me vi a mí mismo borracho y apestando. Tirado en la calle, recogiendo monedas y tosiendo. Odio soñar.

Desperté en pelotas, solo y con frío. Martha no estaba en la habitación y tampoco se le oía por la casa. Me levanté y fui al baño, me puse algo de ropa y salí a la cocina. La casa estaba limpia, como siempre. Supuse que Martha se habría ido a trabajar. Normalmente solía levantarme ella, pero quizás tuvo un mal despertar. Abrí el frigorífico y saqué una cerveza. Al cerrarlo vi una nota en la puerta. Era de Martha. La leí:

“Me voy de casa, te abandono. Llevo tiempo pensándolo y he decidido que nuestra relación debe acabar. Te dejo. Toda esta historia no va a ninguna parte y hace ya mucho tiempo que no te soporto. Me voy con quién llevo poniéndote los cuernos desde hace varios meses. He recogido mis cosas y espero no volver a verte nunca más, así que no intentes contactar conmigo. Adiós.”

Así, de repente. Ya ves, hizo lo que tenía que haber hecho hace mucho tiempo. No me sorprendió, ni tampoco me enfurecí. Abrí la cerveza y le di un buen trago. Ella se merecía algo mejor. Es mentira eso de que los débiles acaban ganando siempre. Fui al salón y puse la tele. No fui a trabajar y no pensaba hacerlo en varios días. Me bebí otra cerveza disfrutando de un extraño silencio. Me resultó raro no oír nada. Me recosté, encendí un cigarrillo y esperé a que empezase el combate de boxeo.

9.18.2006

Aquel día.

[Digamos que esto es una prueba. Un borrador. Una historia sin terminar que cuenta lo vivido sin adornos.]

Marqué el teléfono, esperé, dio tono y contestaron al otro lado.
- ¿Si?
- ¿Oye? -dije -Soy yo.
- Ah, dime.
- Verás, es que esta tarde no voy a poder ir a trabajar.
- Oh, bueno, no pasa nada, ¿Qué te pasa?
- Pues no sé, no me encuentro bien, creo que anoche cené algo en mal estado.
- Ah, bueno, vale, no te preocupes.
- Venga, gracias, nos vemos.
- Hasta luego.
Colgué.
Era mentira. Nada me había sentado mal. Era todo una mentira, pero necesitaba alguna excusa para no ir al trabajo y aprovechar la tarde para irme de fiesta. Era jueves y en la universidad había una buena fiesta, o por lo menos eso decían. Así que horas después allí estaba. De fiesta.
Al día siguiente tenía clase, pero evidentemente no pensaba ir. Además, por la noche seguiríamos de fiesta, y claro, había que aprovechar. Compramos dos litros de cerveza, dos cartones de vino, una botella de coca cola, llevábamos papel, tabaco, polen y dos tipos de marihuana, una normal y otra algo salvaje. Estábamos preparados, mi amigo y yo. Fuimos hasta la parada del autobús y allí lo esperamos. Hacía buen día, el sol pegaba duro y la temperatura era perfecta. La verdad es que íbamos un poco tarde, ya que la fiesta había comenzado unas horas antes, pero eso no importaba. Llegó el autobús, nos montamos y comenzó el viaje. De camino mi compañero pensó hacerse un porro en el bus, mientras que yo, por otro lado, pensaba en abrir uno de los litros de cerveza, pero al final no hicimos ninguna de las dos cosas. Al final llegamos, nos bajamos y comenzamos a andar hacía el recinto de la fiesta. Por el camino abrimos uno de los litros. Estaba empezando a calentarse, por lo que bebíamos con cierta rapidez.
La cosa no estaba mal. Mientras llegábamos veíamos a gente borracha tambaleándose de un lado a otro, todos con gafas de sol, rojos, todos riéndose y muy ciegos. Había tías por todos sitios, todas buenísimas. Podías ver auténticos bobones con la camiseta remangada, mostrando sus ombligos, sudorosas, calientes y quemadas. No estaba mal, nada mal.
Entonces llegamos al recinto. Quedaba la mitad de la botella de cerveza, pero ya estaba mala, pero aún así seguíamos bebiendo. Estábamos empezando a pillarla buena. Entre el sol, las prisas por beber y la ganas de fiesta, estábamos ya algo contentillos.
El recinto era cojonudo. Todo un campo de fútbol repleto de gente borracha y colocada. Andábamos esquivando a tíos totalmente puestos de drogas duras. Andábamos entre mujeres sonrientes que, tras sus gafas de sol, rebosaban morbo por todos lados. Por el fondo se oían unos timbales con buen ritmo marcando a la gente. Podías oler a porros por dónde quiera que pasases. La cosa estaba muy bien.
- ¿Nos hacemos un porro o qué? –dijo mi compañero.
- Claro, -dije yo.
Toda una juventud colocada. Había cientos de personas. Todos ciegos. Todos consumiendo mil tipos de drogas distintas. Todos con alguna bebida en la mano, con la cara roja por el sol, con las pupilas dilatadas, la mirada torcida, el paso torpe y la cabeza perdida. Toda una multitud disfrutando.

Al rato ya estábamos más o menos en el nivel general de ciego. Bebíamos y fumábamos. Bebimos algo de la segunda botella de cerveza, pero en seguida la dejamos. Nos pasamos al vino. No recuerdo que pasó después. Supongo que al rato nos fuimos. Horas más tarde, ya de noche, todos los amigos en reunión bebíamos y fumábamos, reíamos y disfrutábamos.

2

Te despiertas un día, temprano, más o menos a mitad de la semana y descubres que te pegarás una fiesta bastante cojonuda, que empezarás por la tarde y que sabes que terminarás por la noche… o por la mañana. Y eso mola, así que disfrutas.

Ya por la noche, no sé, no recuerdo, estábamos en algún garito, rodeados de gente y música. Supongo que iba ciego. Supongo que iría con esa típica cara pálida, sonriente, gilipollas. Supongo que todo el mundo, a mis ojos, serían caricaturas grotescas que te miran y se ríen. Supongo que vería cientos de tías buenas contoneándose fervientemente. Supongo que bebería sin parar y que fumaría igual. Que reiría, bailaría y disfrutaría como siempre.
Así que allí estaba yo, preparado. Recuerdo que, mientras me apoyé un segundo en la pared, la vi llegar. Era ella. Era ella y se acercaba a mí con su preciosa sonrisa. La conocía de hace tiempo, de hace ya algunos años. Era guapa, sonriente, morbosa… se acercó y nos saludamos. Una amplia sonrisa le ocupaba el rostro entero. Me miraba fijamente. No estaba mal, nada mal. Llevaba rastas en el pelo, y he que decir que le quedaban muy, muy bien. Estuvimos un rato charlando, pero no lo recuerdo bien. El caso es que me iría dentro de poco, a seguir la fiesta, claro. Así que quedamos en vernos en algún otro garito. Sus ojos me decían que no me fuese, pero tenía que hacerlo. Le dije algo así como:
- Bueno, dame dos besicos y nos vemos luego, ¿Vale?
Nos dimos dos besos. Dos besos de cortesía muy morbosos. Y entonces ella me dijo de pronto:
- Espero que no sean los últimos…
Yo me quedé un poco congelado. La chica acababa de dejar las cosas bastantes claras: quería volver a verme y volver a besarme. Eso mola, las cosas claras, joder. No recuerdo lo que dije, si es que dije algo. Pero bueno, el caso es que acabamos yéndonos y ella se quedó allí.

Horas más tarde estábamos en otro local. Más lejos del centro, donde solían cerrar con la luz del día. No recuerdo por qué pero nuestro grupo se redujo a la mitad, pero eso no importaba. Allí, por supuesto, seguimos con lo nuestro, beber y fumar. Joder, era jueves. En principio, en unas horas tendría que despertar e irme a clase, pero no. Sería un viernes sin clase ni madrugones. Y encima las vacaciones estaban ya ahí. ¿Qué más se puede pedir?

Así que allí estábamos, echando el rato, cuando de pronto la veo aparecer. Uff, era preciosa. Se acercó a mí y hablamos durante unos minutos. Me sienta muy mal no recordar exactamente lo que hablamos, pero ya estoy acostumbrado. Recuerdo que estuvimos hablando, ella, un amigo y yo. Entonces, él se fue a pedir una copa a la barra y ella y yo nos quedamos solos. Rodeados de gente, uno muy cerca del otro, pero en el fondo muy solos. Nos miramos, no dijimos nada. Se acercó hasta mí. Pegó su cuerpo al mió. Acercó su rostro a mi cuello, se contoneó, suspiró, nos movimos, alzó un poco la cabeza hasta que pude ver sus labios, se fueron acercando poco a poco… sin decir nada… poco a poco… y de pronto nos besamos.
Eran tan suaves como el algodón. Cálidos. Su cintura era estrecha y perfecta, su culo alucinante. Besaba muy bien. Sabía muy bien. Estaba muy bien.
Estuvimos besándonos un rato. Le mordía el labio inferior y a ella le gustaba. Nos abrazábamos. Juntábamos nuestras manos y nos contoneábamos. Nuestras lenguas se juntaban. Nuestros labios se mordían. Nuestras cinturas se pegaban. Estuvimos varios minutos así.
Estuvimos un rato sin decir nada y entonces yo rompí el silencio:
- No dices nada…
- Es que estaba disfrutando… -contestó ella.
Y seguimos besándonos.
Era perfecta.
Seguimos besándonos. Estábamos totalmente ajenos a lo que pasaba a nuestro alrededor. Nos fundimos en uno y así estuvimos un rato más. Minutos después ella rompió el silencio.
- No dices nada, -dijo.
- Es que estaba disfrutando… -dije con una sonrisa.
Y seguimos.
¿Quién me lo iba a decir? Te despiertas un jueves pensando qué hacer para no ir a trabajar por la tarde y más tarde te sorprendes a ti mismo, a las tantas de la madrugada, besando a una auténtica diosa.

Al rato se fue. Sus amigas estaban por allí cerca y tendría ganas de tomarse algo. Nos despedimos y quedamos en vernos en un ratillo. Pero no fue así. La busqué durante unos minutos pero no la vi por ningún sitio. Supongo que estaría en el baño o que habría desaparecido. Pero bueno, estaba seguro de que la vería dentro de poco. El caso es que aguantamos un rato más y nos fuimos. Después de un día así, uno vuelve a su cama con la sonrisa perfecta. Y así fue. Dormí bien. Dormí cojonudamente bien.

9.10.2006

pues eso...

Y una vez roto el hielo. Y una vez roto el hielo. Y una vez roto el hielo. Y una vez roto el hielo. Y una vez roto el hielo... no sé que decir. Pasen y vean; lean, disfruten y critiquen. No hay más de lo que ven. Solo teclas, cerveza, cigarrillos, canutos, suspiros y lágrimas. Pasen y vean. Pasen y lean. Salgan y callen.