Aquel día.
[Digamos que esto es una prueba. Un borrador. Una historia sin terminar que cuenta lo vivido sin adornos.]
Marqué el teléfono, esperé, dio tono y contestaron al otro lado.
- ¿Si?
- ¿Oye? -dije -Soy yo.
- Ah, dime.
- Verás, es que esta tarde no voy a poder ir a trabajar.
- Oh, bueno, no pasa nada, ¿Qué te pasa?
- Pues no sé, no me encuentro bien, creo que anoche cené algo en mal estado.
- Ah, bueno, vale, no te preocupes.
- Venga, gracias, nos vemos.
- Hasta luego.
Colgué.
Era mentira. Nada me había sentado mal. Era todo una mentira, pero necesitaba alguna excusa para no ir al trabajo y aprovechar la tarde para irme de fiesta. Era jueves y en la universidad había una buena fiesta, o por lo menos eso decían. Así que horas después allí estaba. De fiesta.
Al día siguiente tenía clase, pero evidentemente no pensaba ir. Además, por la noche seguiríamos de fiesta, y claro, había que aprovechar. Compramos dos litros de cerveza, dos cartones de vino, una botella de coca cola, llevábamos papel, tabaco, polen y dos tipos de marihuana, una normal y otra algo salvaje. Estábamos preparados, mi amigo y yo. Fuimos hasta la parada del autobús y allí lo esperamos. Hacía buen día, el sol pegaba duro y la temperatura era perfecta. La verdad es que íbamos un poco tarde, ya que la fiesta había comenzado unas horas antes, pero eso no importaba. Llegó el autobús, nos montamos y comenzó el viaje. De camino mi compañero pensó hacerse un porro en el bus, mientras que yo, por otro lado, pensaba en abrir uno de los litros de cerveza, pero al final no hicimos ninguna de las dos cosas. Al final llegamos, nos bajamos y comenzamos a andar hacía el recinto de la fiesta. Por el camino abrimos uno de los litros. Estaba empezando a calentarse, por lo que bebíamos con cierta rapidez.
La cosa no estaba mal. Mientras llegábamos veíamos a gente borracha tambaleándose de un lado a otro, todos con gafas de sol, rojos, todos riéndose y muy ciegos. Había tías por todos sitios, todas buenísimas. Podías ver auténticos bobones con la camiseta remangada, mostrando sus ombligos, sudorosas, calientes y quemadas. No estaba mal, nada mal.
Entonces llegamos al recinto. Quedaba la mitad de la botella de cerveza, pero ya estaba mala, pero aún así seguíamos bebiendo. Estábamos empezando a pillarla buena. Entre el sol, las prisas por beber y la ganas de fiesta, estábamos ya algo contentillos.
El recinto era cojonudo. Todo un campo de fútbol repleto de gente borracha y colocada. Andábamos esquivando a tíos totalmente puestos de drogas duras. Andábamos entre mujeres sonrientes que, tras sus gafas de sol, rebosaban morbo por todos lados. Por el fondo se oían unos timbales con buen ritmo marcando a la gente. Podías oler a porros por dónde quiera que pasases. La cosa estaba muy bien.
- ¿Nos hacemos un porro o qué? –dijo mi compañero.
- Claro, -dije yo.
Toda una juventud colocada. Había cientos de personas. Todos ciegos. Todos consumiendo mil tipos de drogas distintas. Todos con alguna bebida en la mano, con la cara roja por el sol, con las pupilas dilatadas, la mirada torcida, el paso torpe y la cabeza perdida. Toda una multitud disfrutando.
Al rato ya estábamos más o menos en el nivel general de ciego. Bebíamos y fumábamos. Bebimos algo de la segunda botella de cerveza, pero en seguida la dejamos. Nos pasamos al vino. No recuerdo que pasó después. Supongo que al rato nos fuimos. Horas más tarde, ya de noche, todos los amigos en reunión bebíamos y fumábamos, reíamos y disfrutábamos.
2
Te despiertas un día, temprano, más o menos a mitad de la semana y descubres que te pegarás una fiesta bastante cojonuda, que empezarás por la tarde y que sabes que terminarás por la noche… o por la mañana. Y eso mola, así que disfrutas.
Ya por la noche, no sé, no recuerdo, estábamos en algún garito, rodeados de gente y música. Supongo que iba ciego. Supongo que iría con esa típica cara pálida, sonriente, gilipollas. Supongo que todo el mundo, a mis ojos, serían caricaturas grotescas que te miran y se ríen. Supongo que vería cientos de tías buenas contoneándose fervientemente. Supongo que bebería sin parar y que fumaría igual. Que reiría, bailaría y disfrutaría como siempre.
Así que allí estaba yo, preparado. Recuerdo que, mientras me apoyé un segundo en la pared, la vi llegar. Era ella. Era ella y se acercaba a mí con su preciosa sonrisa. La conocía de hace tiempo, de hace ya algunos años. Era guapa, sonriente, morbosa… se acercó y nos saludamos. Una amplia sonrisa le ocupaba el rostro entero. Me miraba fijamente. No estaba mal, nada mal. Llevaba rastas en el pelo, y he que decir que le quedaban muy, muy bien. Estuvimos un rato charlando, pero no lo recuerdo bien. El caso es que me iría dentro de poco, a seguir la fiesta, claro. Así que quedamos en vernos en algún otro garito. Sus ojos me decían que no me fuese, pero tenía que hacerlo. Le dije algo así como:
- Bueno, dame dos besicos y nos vemos luego, ¿Vale?
Nos dimos dos besos. Dos besos de cortesía muy morbosos. Y entonces ella me dijo de pronto:
- Espero que no sean los últimos…
Yo me quedé un poco congelado. La chica acababa de dejar las cosas bastantes claras: quería volver a verme y volver a besarme. Eso mola, las cosas claras, joder. No recuerdo lo que dije, si es que dije algo. Pero bueno, el caso es que acabamos yéndonos y ella se quedó allí.
Horas más tarde estábamos en otro local. Más lejos del centro, donde solían cerrar con la luz del día. No recuerdo por qué pero nuestro grupo se redujo a la mitad, pero eso no importaba. Allí, por supuesto, seguimos con lo nuestro, beber y fumar. Joder, era jueves. En principio, en unas horas tendría que despertar e irme a clase, pero no. Sería un viernes sin clase ni madrugones. Y encima las vacaciones estaban ya ahí. ¿Qué más se puede pedir?
Así que allí estábamos, echando el rato, cuando de pronto la veo aparecer. Uff, era preciosa. Se acercó a mí y hablamos durante unos minutos. Me sienta muy mal no recordar exactamente lo que hablamos, pero ya estoy acostumbrado. Recuerdo que estuvimos hablando, ella, un amigo y yo. Entonces, él se fue a pedir una copa a la barra y ella y yo nos quedamos solos. Rodeados de gente, uno muy cerca del otro, pero en el fondo muy solos. Nos miramos, no dijimos nada. Se acercó hasta mí. Pegó su cuerpo al mió. Acercó su rostro a mi cuello, se contoneó, suspiró, nos movimos, alzó un poco la cabeza hasta que pude ver sus labios, se fueron acercando poco a poco… sin decir nada… poco a poco… y de pronto nos besamos.
Eran tan suaves como el algodón. Cálidos. Su cintura era estrecha y perfecta, su culo alucinante. Besaba muy bien. Sabía muy bien. Estaba muy bien.
Estuvimos besándonos un rato. Le mordía el labio inferior y a ella le gustaba. Nos abrazábamos. Juntábamos nuestras manos y nos contoneábamos. Nuestras lenguas se juntaban. Nuestros labios se mordían. Nuestras cinturas se pegaban. Estuvimos varios minutos así.
Estuvimos un rato sin decir nada y entonces yo rompí el silencio:
- No dices nada…
- Es que estaba disfrutando… -contestó ella.
Y seguimos besándonos.
Era perfecta.
Seguimos besándonos. Estábamos totalmente ajenos a lo que pasaba a nuestro alrededor. Nos fundimos en uno y así estuvimos un rato más. Minutos después ella rompió el silencio.
- No dices nada, -dijo.
- Es que estaba disfrutando… -dije con una sonrisa.
Y seguimos.
¿Quién me lo iba a decir? Te despiertas un jueves pensando qué hacer para no ir a trabajar por la tarde y más tarde te sorprendes a ti mismo, a las tantas de la madrugada, besando a una auténtica diosa.
Al rato se fue. Sus amigas estaban por allí cerca y tendría ganas de tomarse algo. Nos despedimos y quedamos en vernos en un ratillo. Pero no fue así. La busqué durante unos minutos pero no la vi por ningún sitio. Supongo que estaría en el baño o que habría desaparecido. Pero bueno, estaba seguro de que la vería dentro de poco. El caso es que aguantamos un rato más y nos fuimos. Después de un día así, uno vuelve a su cama con la sonrisa perfecta. Y así fue. Dormí bien. Dormí cojonudamente bien.
- ¿Si?
- ¿Oye? -dije -Soy yo.
- Ah, dime.
- Verás, es que esta tarde no voy a poder ir a trabajar.
- Oh, bueno, no pasa nada, ¿Qué te pasa?
- Pues no sé, no me encuentro bien, creo que anoche cené algo en mal estado.
- Ah, bueno, vale, no te preocupes.
- Venga, gracias, nos vemos.
- Hasta luego.
Colgué.
Era mentira. Nada me había sentado mal. Era todo una mentira, pero necesitaba alguna excusa para no ir al trabajo y aprovechar la tarde para irme de fiesta. Era jueves y en la universidad había una buena fiesta, o por lo menos eso decían. Así que horas después allí estaba. De fiesta.
Al día siguiente tenía clase, pero evidentemente no pensaba ir. Además, por la noche seguiríamos de fiesta, y claro, había que aprovechar. Compramos dos litros de cerveza, dos cartones de vino, una botella de coca cola, llevábamos papel, tabaco, polen y dos tipos de marihuana, una normal y otra algo salvaje. Estábamos preparados, mi amigo y yo. Fuimos hasta la parada del autobús y allí lo esperamos. Hacía buen día, el sol pegaba duro y la temperatura era perfecta. La verdad es que íbamos un poco tarde, ya que la fiesta había comenzado unas horas antes, pero eso no importaba. Llegó el autobús, nos montamos y comenzó el viaje. De camino mi compañero pensó hacerse un porro en el bus, mientras que yo, por otro lado, pensaba en abrir uno de los litros de cerveza, pero al final no hicimos ninguna de las dos cosas. Al final llegamos, nos bajamos y comenzamos a andar hacía el recinto de la fiesta. Por el camino abrimos uno de los litros. Estaba empezando a calentarse, por lo que bebíamos con cierta rapidez.
La cosa no estaba mal. Mientras llegábamos veíamos a gente borracha tambaleándose de un lado a otro, todos con gafas de sol, rojos, todos riéndose y muy ciegos. Había tías por todos sitios, todas buenísimas. Podías ver auténticos bobones con la camiseta remangada, mostrando sus ombligos, sudorosas, calientes y quemadas. No estaba mal, nada mal.
Entonces llegamos al recinto. Quedaba la mitad de la botella de cerveza, pero ya estaba mala, pero aún así seguíamos bebiendo. Estábamos empezando a pillarla buena. Entre el sol, las prisas por beber y la ganas de fiesta, estábamos ya algo contentillos.
El recinto era cojonudo. Todo un campo de fútbol repleto de gente borracha y colocada. Andábamos esquivando a tíos totalmente puestos de drogas duras. Andábamos entre mujeres sonrientes que, tras sus gafas de sol, rebosaban morbo por todos lados. Por el fondo se oían unos timbales con buen ritmo marcando a la gente. Podías oler a porros por dónde quiera que pasases. La cosa estaba muy bien.
- ¿Nos hacemos un porro o qué? –dijo mi compañero.
- Claro, -dije yo.
Toda una juventud colocada. Había cientos de personas. Todos ciegos. Todos consumiendo mil tipos de drogas distintas. Todos con alguna bebida en la mano, con la cara roja por el sol, con las pupilas dilatadas, la mirada torcida, el paso torpe y la cabeza perdida. Toda una multitud disfrutando.
Al rato ya estábamos más o menos en el nivel general de ciego. Bebíamos y fumábamos. Bebimos algo de la segunda botella de cerveza, pero en seguida la dejamos. Nos pasamos al vino. No recuerdo que pasó después. Supongo que al rato nos fuimos. Horas más tarde, ya de noche, todos los amigos en reunión bebíamos y fumábamos, reíamos y disfrutábamos.
2
Te despiertas un día, temprano, más o menos a mitad de la semana y descubres que te pegarás una fiesta bastante cojonuda, que empezarás por la tarde y que sabes que terminarás por la noche… o por la mañana. Y eso mola, así que disfrutas.
Ya por la noche, no sé, no recuerdo, estábamos en algún garito, rodeados de gente y música. Supongo que iba ciego. Supongo que iría con esa típica cara pálida, sonriente, gilipollas. Supongo que todo el mundo, a mis ojos, serían caricaturas grotescas que te miran y se ríen. Supongo que vería cientos de tías buenas contoneándose fervientemente. Supongo que bebería sin parar y que fumaría igual. Que reiría, bailaría y disfrutaría como siempre.
Así que allí estaba yo, preparado. Recuerdo que, mientras me apoyé un segundo en la pared, la vi llegar. Era ella. Era ella y se acercaba a mí con su preciosa sonrisa. La conocía de hace tiempo, de hace ya algunos años. Era guapa, sonriente, morbosa… se acercó y nos saludamos. Una amplia sonrisa le ocupaba el rostro entero. Me miraba fijamente. No estaba mal, nada mal. Llevaba rastas en el pelo, y he que decir que le quedaban muy, muy bien. Estuvimos un rato charlando, pero no lo recuerdo bien. El caso es que me iría dentro de poco, a seguir la fiesta, claro. Así que quedamos en vernos en algún otro garito. Sus ojos me decían que no me fuese, pero tenía que hacerlo. Le dije algo así como:
- Bueno, dame dos besicos y nos vemos luego, ¿Vale?
Nos dimos dos besos. Dos besos de cortesía muy morbosos. Y entonces ella me dijo de pronto:
- Espero que no sean los últimos…
Yo me quedé un poco congelado. La chica acababa de dejar las cosas bastantes claras: quería volver a verme y volver a besarme. Eso mola, las cosas claras, joder. No recuerdo lo que dije, si es que dije algo. Pero bueno, el caso es que acabamos yéndonos y ella se quedó allí.
Horas más tarde estábamos en otro local. Más lejos del centro, donde solían cerrar con la luz del día. No recuerdo por qué pero nuestro grupo se redujo a la mitad, pero eso no importaba. Allí, por supuesto, seguimos con lo nuestro, beber y fumar. Joder, era jueves. En principio, en unas horas tendría que despertar e irme a clase, pero no. Sería un viernes sin clase ni madrugones. Y encima las vacaciones estaban ya ahí. ¿Qué más se puede pedir?
Así que allí estábamos, echando el rato, cuando de pronto la veo aparecer. Uff, era preciosa. Se acercó a mí y hablamos durante unos minutos. Me sienta muy mal no recordar exactamente lo que hablamos, pero ya estoy acostumbrado. Recuerdo que estuvimos hablando, ella, un amigo y yo. Entonces, él se fue a pedir una copa a la barra y ella y yo nos quedamos solos. Rodeados de gente, uno muy cerca del otro, pero en el fondo muy solos. Nos miramos, no dijimos nada. Se acercó hasta mí. Pegó su cuerpo al mió. Acercó su rostro a mi cuello, se contoneó, suspiró, nos movimos, alzó un poco la cabeza hasta que pude ver sus labios, se fueron acercando poco a poco… sin decir nada… poco a poco… y de pronto nos besamos.
Eran tan suaves como el algodón. Cálidos. Su cintura era estrecha y perfecta, su culo alucinante. Besaba muy bien. Sabía muy bien. Estaba muy bien.
Estuvimos besándonos un rato. Le mordía el labio inferior y a ella le gustaba. Nos abrazábamos. Juntábamos nuestras manos y nos contoneábamos. Nuestras lenguas se juntaban. Nuestros labios se mordían. Nuestras cinturas se pegaban. Estuvimos varios minutos así.
Estuvimos un rato sin decir nada y entonces yo rompí el silencio:
- No dices nada…
- Es que estaba disfrutando… -contestó ella.
Y seguimos besándonos.
Era perfecta.
Seguimos besándonos. Estábamos totalmente ajenos a lo que pasaba a nuestro alrededor. Nos fundimos en uno y así estuvimos un rato más. Minutos después ella rompió el silencio.
- No dices nada, -dijo.
- Es que estaba disfrutando… -dije con una sonrisa.
Y seguimos.
¿Quién me lo iba a decir? Te despiertas un jueves pensando qué hacer para no ir a trabajar por la tarde y más tarde te sorprendes a ti mismo, a las tantas de la madrugada, besando a una auténtica diosa.
Al rato se fue. Sus amigas estaban por allí cerca y tendría ganas de tomarse algo. Nos despedimos y quedamos en vernos en un ratillo. Pero no fue así. La busqué durante unos minutos pero no la vi por ningún sitio. Supongo que estaría en el baño o que habría desaparecido. Pero bueno, estaba seguro de que la vería dentro de poco. El caso es que aguantamos un rato más y nos fuimos. Después de un día así, uno vuelve a su cama con la sonrisa perfecta. Y así fue. Dormí bien. Dormí cojonudamente bien.

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home