2.09.2007

Bebo. Fumo. Trabajo.


Me encuentro trabajando. Estoy sentado en un taburete, justo en la única entrada a la barra, la espalda me pesa, los ojos me escuecen levemente, pero no me apetece encender el estractor de humos y una copa de vino descansa junto a mi acompañada de un pitillo de liar. No hay mucha gente. A lo largo de la noche si que me han dado trabajo, pero la mayoría se ha ido ya y los que quedan ya están servidos y listos para irse a casa. A mi aún me queda un buen rato. Exactamente limpiar las barras, las mesas, todos los vasos, la máquina de café, el grifo de cerveza y tirar las bolsas de basura.
Frente a mi se encuentra un tipo bebiendo. No tendrá muchos más años que yo, se le ve alguien joven. Una calvicie le crece en el coco, y bebe de su tercio, tranquilo, impasible, mirando a uno y otro lado con cara de preguntarse qué coño hace alguien tan joven como él solo en un bar, tan tarde, cuando podría estar con alguna chica disfrutando de los placeres de las caricias, los besos, los supiros, ya sabes...
Bebo.
Fumo.
Este tipo está tan cerca (a un metro escaso) que podría estirar el brazo y tocarle. Podría escupirle y darle de lleno en la mejilla izquierda, podría eruptar y olería el jamón serrano de la cena y el vino tinto barato. Ni se inmuta por el echo de que esté tecleando, mirando y pensanso tan cerca de él.
Un grupo de guiris se levanta y se va. Me levanto, bajo la pantalla del portatil y me acerco a la mesa. Junto todos los vasos en una de las mesas, limpio las mesas restantes, las coloco en su sitio y acerco todos los vasos a la barra. En ese momento el tipo raro baja del taburete, se coloca su gorra y se va. Se despide, fugazmente, pero se despide; y yo hago lo mismo. Viene otro nuevo, me pide una guines, se la pongo y veo que el otro tipo ha dejado los treinta céntimos que le han sobrado del tercio. De hecho, creo que no los ha tocado en toda la noche. Me los echo al bolsillo. Recogo las mesas, las limpio y las coloco; y viene un grupo nuevo y se sientan justo ahí. Me descolocan todas las mesas y se sientan. Me acerco, se tiran al menos cinco minutos pensando qué coño quieren, dudando entre los diferentes tipos de cervezas. Al final se aclaran y les sirvo. Enciendo el estractor y vuelvo a sentarme. Fumo. Bebo. Escribro: "un grupo de guiris se levanta..."
Es mi primera noche solo desde hace mucho tiempo. Los cambios de turnos me han venido muy bien. Ahora, los miércoles curro solo y cierro solo. Es mejor que currar con mi otro compañero y aguantarlo borracho contándome mierdas que no me importan. No es que sea del tipo "no me interesa lo que cuente, pero al menos le escucho y presto atención". No. Es que no soporto las cosas que dice. Son cosas que no me importan para nada. Absolutamente para nada. Pero bueno, ya me lo quité de encima, ya no curro más con él.
Fumo.
Bebo.
De fondo suena la cabra mecánica. La he puesto justo cuando estaba sirviendo las cervezas del grupo nuevo. También, mientras hacía eso, he cerrado la puerta con llave. Ya no es necesario que venga nadie más. Ya basta por hoy.
De la mesa del fondo se levanta una pareja mayor. Ella es una mujer estilizada, con dinero, un bolso caro, zapatos de tacón, un abrigo corto y blanco que no le sienta muy bien y unos labios mal pintados. Él lleva una gabardina negra, es serio, pone cara de interesante y se despide casi sin que le oiga. Yo no digo nada. Me acerco a la puerta, la abro, se van. Ella se había tomado un gin tonic y el dos jameson con agua. Fumo. Bebo. Me lavanto a recoger la mesa.
Sin saber por qué me lavanto y me pongo a limpiar la cafetera. Es sencillo. Guarda la leche, la leche condesada, el chocolate y la nata en el frío. Vacía el cajón del café, limpia los cacillos, limpia los grifos con un cacillo y un tapón ciego. Vacía las jarras, llénalas de agua caliente, espera y mientras tanto limpia la máquina por fuera con papel y limpiacritales. Reluciente. Friega los cacillos y las jarras. Y lo colocas todo como si nada hubiese pasado.
La mesa que llegó hace un rato se va. Les cobro, sigo con la fregaza y cuando me quiero dar cuenta una de las chicas está en mi portátil y me dice con acento argentino (al parecer son argentinos) "voy a mirar mi correo". Bueno, pienso. Sus amigos se rien por su cara dura. A mi no me importa. Lo mira y se van. Es curioso, hasta que llegó ella internet no conectaba.
Al final limpio lo que me queda. La gente se va (dos parejas que quedaban). Me dan las gracias, nos despedimos y cierro. Entonces alguien aporrea la puerta. Es una pareja de "indigentes", me piden a gritos un paquete de camel. Abro unos centímetros, me enseñan un billete de cinco, lo cojo, cierro, lo cambio y saco un paquete. Abro la puerta de nuevo y le doy los cigarrillos. Cierro y me vuelvo y aporrean de nuevo la puerta. Me piden fuego, le dejo mi mechero y me dicen que se lo de, que están en la calle, que les haga el favor, que venga hombre. Joder, digo que es mio, que no me dejen sin mechero. Ni puto caso, que estamos en la calle, que vamos, que venga. Se lo doy y lo único que se me ocurre pensar es "hijos de puta".
Hago la caja. Casi quinientos euros de mierda. Me siento de nuevo, enciendo mi último pitillo y bebo de mi segunda o tercera copa y escribo, y escribo, y escribo solo y rodeado del ruido de las cámaras, bajo la única luz ya encendida y deseando que se haga de día para que vuelva a ser de noche y dormir con ella.

1.12.2007

Esperando en La Espinaca Roja.

[ El otro día, junto con mis colegas, en una noche de borrachera y conversaciones sobre cine, viajes en el tiempo y frikadas varias; inventamos un "juego". La cosa era sencilla, escribir cada uno una palabra en un papel para cada uno de nosotros, y después escribir un relatillo con dichas palabras. Las mías eran estas: coco, Riders on the storm, paradoja temporal, aeropuerto, espinaca, Marcus Condor. ] Ahí lo tienen.

Acababa de terminarme el Tropical Soul cuando un tipo, desde el otro lado de la barra, gritó dirigiéndose a mí:
- ¡Eh! ¿Llevas fuego?
Dije que sí con la cabeza. El tipo se levantó, recorrió los diez metros de la barra, se plantó ante mi y sacó un cigarrillo. Encendí el mechero y se lo acerqué.
- Gracias, -dijo.
Yo no dije nada. Busqué al camarero con la mirada y le dije que me pusiese otra cóctel. El Tropical Soul estaba de puta madre. No sabía que coño llevaba exactamente, pero distinguía cierto sabor a coco que me gustaba.
El sitio era un antro. Un antro que servía unos cócteles cojonudos. Estaba totalmente vacío, salvo por el tipo sin fuego, un viejo que dormía en una de las mesas, yo y por supuesto el camarero, que leía el periódico sentado tras la barra, fumando un cigarrillo y suspirando con cada página que leía. Y en un vieja radio, escondida tras unas botellas y cubierta de polvo, sonaba la canción de Riders on the Storm de Los Doors. El sitio estaba en mitad de una carretera que no llevaba a ninguna parte, justo en frente del aeropuerto, y allí no solían ir más que camioneros, viajeros sin rumbo y desgraciados como yo. Se llamaba "La espinaca roja", y lucía un gran letrero con luces rojas y un dibujo, también de luces, que simulaba un puñado de espinacas, pero que parecía mas bien un pedazo de mierda. Un gran pedazo de mierda roja luminosa.

No sé que hacía realmente allí. Bueno, sí, estaba allí por negocios, pero no sabía que cojones pintaba yo allí, esperando a alquien que no conocía para darle algo que seguramente ya estaría muerto en mi camioneta. Era solo un trabajo, pero el echo de llevar en la camioneta un mono Cebus olivaceus, un mono capuccino de Africa, una especie protegida y en peligro de extinción, me ponía los pelos de punta. Era bastante extraño. Tenía que entregárselo a Marcus Condor, presidente y creador de las lineas de vuelo Condor Fast, cuyo aeropuerto estaba justo en frente del gran pedazo de mierda rojo que iluminaba aquel antro.

El mono dejó de gritar, de saltar y de golpear los cristales, justo cuando paré el coche. O estaba muerto o más tranquilo. A mi, sinceramente, me la sudaba. Se supone que hay llevar a cabo bastante papeleo e historias de esas para que se pueda "comercializar" con especies exóticas, pero al parecer al señor Condor le salía más rentable hacerlo a "su manera". Así que allí estaba yo, el repartidor gilipollas de la mafia local entregando con sumo cuidado un paquete especial para alguien de la familia.

Justo cuando la canción de los Doors llegó a ese trozo en el que solo se oye el organillo, el camarero, aún con su cigarro en la boca, me sirvió el cóctel. Era un sitio cutre, con vasos mugrientos, hielo barato, un camarero sucio, una considerable peste a deshague roto y un ambiente como de entierro, pero el puto cóctel estaba delicioso.
Al rato, y después de pensar que llevaba allí más de media hora, me levanté y salí a la puerta para ver si el mono seguía con vida. Fingía que no me importaba, pero la verdad es que estaba cagado de miedo por si le pasaba algo; que tampoco pasaba nada, porque si no era un mono de Africa, lo cambiarían por una serpiente de China, una rata bailarina de Taití o un loro verde de circo del Caribe.
Me acerqué a la camioneta, puse la oreja contra el crital ahumado y escuché, pero no oí nada. Di unos golpes y entonces un ruido salió de dentro. Sin duda era el mono. Así que me volví y entré de nuevo al bar.
Marcus tardaba en venir, por lo que empecé a ponerme nervioso. Volvía a salir a los cinco minutos e hice la misma operación. Al rato repetí. Salí, esccuhaba, golpeaba y me volvía aliviado. Cada vez que me acercba a la camioneta, mis golpes eran más fuertes y el susto del mono mayor. Me lo imanaba ahí dentro, el pobrecillo, enjaulado, a oscuras, pasando frío y asustándose cada dos por tres porque un hijo puta no paraba de golpear la camioneta. Y siempre volvía a hacerlo todo de nuevo. Y Marcus sin aparecer. Salía y entraba. Salía y entraba. Salía, jodía y entraba y tenía la extraña sensación de haber vivido cada uno de mis gestos, pensamientos y acciones. Era como una de esas extrañas paradojas temporales. Así que cuando ya no podía estar más paranóico, dejé de hacerlo, me senté en la barra, decidí no volver a levantarme, me pedí otro Tropical Soul y esperé.

Nada. Marcus Condor, presidente y jefe supremo de las líneas aéreas Condor Fast, las más rápidas, fiables y cercanas (como decía el anuncio), no aparecía. Así que decidí terminarme el cóctel y salir de allí. Y ya en el coche decidiría que haría con el puto mono: si llevarlo de vuelta y que mis jefes me jodiesen, dejarlo en mitad de la carretera, pegarle un tiro y servirlo en una barbacoa el próximo sábado o seguir jodiéndolo con los golpecitos en el cristal.

1.04.2007

Noescuchando

[la venganza es un plato que se sirve mejor frío]

No la estaba escuchando. Sinceramente, no estaba prestando atención.
Ella hablaba. Hablaba y hablaba sin parar. Y yo estaba allí, en silencio y mirándola, asintiendo de vez en cuando con la cabeza, pero sin prestar la más mínima atención. Estábamos cenando en un restaurante italiano. Nos habíamos sentado al fondo del lugar, subiendo tres escalones, junto a la pared, en una especia de sofá en plan hamburguesería. Me considero un tipo que sabe escuchar. No por nada, si no por que es sencillo. No hay que hacer nada, simplemente escuchar. Pero esta tía era demasiado, no se callaba ni un segundo; y yo allí aguantando un charla interminable de mierdas que no venían a cuento, de historias sin sentido, sin carácter, sin fondo; simple habladuría. Hablar por hablar. Lo intenté, de veras que lo intenté, pero era imposible.
El cuero del supuesto "sofá moderno italiano" me estaba calentando el culo de manera exagerada. Había cometido el error de ponerme el pijama debajo de los pantalones; y hasta ese momento me habían sido de una gran utilidad frente al frío, pero ahora mi culo estaba más caliente que la pizza. Y mientras, ella, hablaba. Estaba furioso conmigo mismo por haber intentado algo con ella semanas antes. No llegaba a comprenderlo, pero la tía me ponía. No iba más allá de eso, simple y pura atracción física, pero a la vez no la soportaba. Nunca antes me había pasado nada parecido. Y ahora, por gilipollas, por darle juego y no darme cuenta antes, estaba aguantándola, con la cabeza cargada, las orejas llenas y el culo asado.
Paraba de hablar, bebía del refresco, miraba sus manos, fumaba y continuaba con su sarta de estupideces. Entre frase y frase hacía un extraño ruido con la boca, el que se hace al juntar la lengua con el paladar, y entonces seguía hablando. No podía aguantarlo, era superior a mí. Gesticulaba mucho. Movía sus manos arriba y abajo. Movía los dedos, me miraba, esperaba una señal por mi parte y volvía a hacer ese ruidillo y continuaba hablando.
Al final aguanté. Sobreviví. Fue como un duro día en el campo de batalla. Acabé cansado, saturado. Me había enterado de la mitad, pero había sido suficiente. Solo necesitaba algo de silencio. No escuchar nada, escucharme a mí mismo, pensar en lo que había pasado y después olvidar todas y cada una de sus palabras.

12.21.2006

Desorden de reserva.

1

Vomité.
Vomité y todo el fluido marrón, con tropezones, biscoso y maloliente,salió disparado y se estrelló contra el lavabo, lo cubrió todo del mismo asqueroso color y después volví a vomitar. Respiré, cerré los ojos, sonreí levemente y volví a vomitar. El baño estaba sucio. No había suelo, solo un charco de orina cubierto de colillas y seguro que algún que otro condón flotando a la deriva. Apollé una mano en una de mis piernas y la otra, con los dedos estirados, sobre el water, y vomité. Debía de ser el ron miel, o sino no me explico lo del color marrón. También podría haber sido el vino, pero supongo que el vómito habría sido de un color más granate. De todas formas era la misma mierda.
Debían de ser las cinco de la madrugada. Fuera, en el garito, estaría esa gente con la que salí (casi desconocidos), y esa chica, también desconocida, a la que abandoné un momento después de decirle entre simuladas arcadas "voy a mear". Joder, que difícil es emborrachar a alquien. Me paso los días sirviendo copas sin fondo a borrachos acabados; dejándolos más jodidos que cuando llegaron, y después me es imposible emborrachar a una simple e indefensa chica dispuesta a todo. O por lo menos eso decían sus ojos.
Volví a vomitar. Era un grifo de mierda soltando todo el alcohol, con sus trocitos de cena, que había ido acumulando a lo largo de la noche.
Recuerdo que todo comenzó en la cena, disfrutando de un vino realmente caro y comiendo esas pequeñas tapas que simulan cuadros modernistas. La culpa la tuvo el vino, sin duda.

2

- ¿Otra copita de vino?
Recuerdo que pensé, relamiéndome los labios y disfrutando del sabor:
- Cojones, ¿Dónde ha estado este vino toda mi vida?
No sé cuantas copas llevaría, pero el caso es que estaba haciendo efecto, bastante efecto. Entonces alguien dijo:
- ¿Otra copita de vino?
- ¡Venga! -dijimos los demás.
Se supone que estábamos cenando, pero eso parecía un concurso de a ver quién bebía más. El vino lo servían en grandes y altas copas que parecían floreros, y cuanto más bebía, más y más borracho me ponía.
Era un sitio caro. La comida la decoraban a más no poder y los gestos del camarero eran educados y corteses.
Estuvimos horas vaciando botellas.
Después pedidos la cuenta. Más tarde, fuera, en la calle, nos reíamos por no llorar. Fuimos a nuestro garito y allí seguimos bebiendo, pero esta vez ron. Aún seguíamos riéndonos. Al día siguiente ya lloraríamos por los cientocinco euros de cena. O mejor dicho, de vino.

3

- ¿ A qué estás esperando?
- Joder, déjame, ¿no ves que estoy meando?
- Venga, hazlo de una vez, la tienes a huevo.
- Vale, joder, ya lo sé, sin prisa.
- ¿Pero has visto como te mira?
- Pues sí, me he dado cuenta.
- Y como está...
- También me he dado cuenta, es imposible no fijarse en ese cuerpo.
- Pero venga ya, joder, no la cages.
- Que sí, coño, que sí, confía en mí.
- Ya claro, que confie en tí... Al final una paja y a la cama, como siempre.
- Gilipollas...
- Tú eres el gilipollas, que pierdes el tiempo hablando contigo mismo en el baño...
- Vete a la mierda.
- Vete tú.

4

Lo bueno de trabajar en un bar es que (aparte del echo de que todo te sale gratis) puedes servirte tú mismo la copa perfecta. Es decir, en el vaso que quieras, con la cantidad excata de hielo que quieras, la mejor bebida y cuanto quieras, el refresco más frío, el mejor trocito de limón... es la hostia, es como si te hubiese tocado la lotería.
Bebíamos todos en una de las barras, en nuestros taburetes y con nuestra conversación absurda y sin sentido. Lo más curioso es ver como te mira la gente al colarte en la barra, servirte y salir dando tumbos mientras esquivas a tus compañeras a menos dos centímetros.
Recuerdo un momento, una conversación:
- Eres un problema para la circulación de mi sangre, -dije en un susurro.
- Si quieres me quito...
- No, joder, sigue, sigue.
Y siguió apoyada.
Se pegaba tanto que hasta abusaba. Lo hacía queriendo, disfrutando. Le gustaba. Allí estaba ella, a menos dos centímetros. con sus manos inquietas, su picardía y mi bulto. El vino dejaba paso al ron.
Y después un coche rojo, cambio de garito, cambio de gente, de bebida y de locura.

5

Salí del baño, aún con restos del agrío sabor a vómito en mi boca, y me fundí con los demás. Y allí estaba esa chica. No la conocía, me la habían presentado esa noche, pero no me acordaba de su nombre. Nunca suelo acordarme de los nombres. Es más, no suelo escucharlos. Se me escapan.
Seguimos en aquel garito, rodeados de música, gente y fiesta. Pensaba en el por qué de sus miradas. No llegaba a comprenderlas. No entendía sus gestos y me era extraña la situación. Las tías miran siempre insinuando. No lo hacen aposta, imagino que será sin querer, pero por alguna razón que se nos escapa siempre consiguen que creamos que quieren algo; cuando no es así. El problema no es nuestro. Son ellas las que dan falsas esperanzas. Llámalo malentendido, llámalo equivocación o directamente llámala calientapollas, pero es así.
Bueno, el caso es que acabé tan ciego, tan borracho y perdido, que ni siquiera podía fijar la vista. Después todo se volvió normal. Volvió a ser como antes. Recuerdo nubes y frío. Soledad. Luz. Gente yendo a trabajar.Ya todo volvió a la normalidad. El vino se fue. El ron se fue. La gente se fue. El sabor a vómito también se fue y mi polla seguía dentro de mis pantalones.

12.07.2006

Frotando...

Apoyado tras la barra del bar, rodeado del cargante olor a café y del olor que desprende el desagüe mezclado con el incienso barato de la tienda de enfrente, los miro a todos y cada uno, y me canso por cada minuto que pasa sin poder estar corriendo, saltando, riendo, besando, volando, tumbado, follando o hablando. Los miro a todos y cada uno y pienso en lo borrachos que están, y pienso que yo soy el culpable; y que seguro después saldrán a correr, volar, reir... y toda esa mierda. Y que después, saciados a más no poder, vomitarán largas potas de diversos colores.
Me llamo Antonio Kaos y no hay nada que más me guste que una larga pota viscosa y apestosa.

12.03.2006

Ellas

Son como la cerveza.
Cuando deseas una
haces lo que sea
por conseguirla.

Vas hasta donde haga falta
por un trago,
y entonces
está mala.
Algún problema con el gas,
el barril o el grifo.
Pero el caso es que
sabe a mierda.
Demasiado aguada
sin fuerza, sin gusto

o
agria.
Y cuando no quieres ni ver
ni una caña.
Ni olerla.
Aparecen de pronto
por todos sitios.
Y tú bebes y bebes.
Y te emborrachas.
Y ya estás perdido de por vida.
Sea como sea
no hay forma de entenderlo.
No hay forma de ganar.

11.28.2006

Cuarto oscuro...

Y alguien te dice de pronto:
- Eres un cerdo.
Y piensas:
- ¿Qué?
Y piensas:
- ¿Cómo?
Y piensas:
- ¿Qué?
Y ese alguien te sonríe. Te mira y te dice con los ojos:
- Bien echo. En serio, bien echo.
Y te dice:
- Felicidades, yo habría echo lo mismo.
Y ese alguien desaparece y te quedas solo y piensas.
- Sí, joder, quería hacerlo.
Y piensas que si la besaste era porque querías. Porque era la única forma de callarla. Porque te apeteció y aunque supiese a poco era la única forma de que dejase de hablar. Y piensas:
- Sí, joder, ¿qué pasa?
Y piensas:
- Que os follen… si a ella le ha gustado más que a mí.
Y dices:
- Bueno…
Y te vas…